Terça-feira, 19 de Outubro de 2010

É preciso distinguir

Raúl Iturra

Para tod@s os que tiveram a ousadia de não esconder os seu sentimentos.


É preciso distinguir. A primeira distinção, é que uma actividade, substantivo ou adjectivo, deve começar por um verbo, como o verbo ser ou não ser. Esta frase de Shakespeare, é um segundo dilema, que remete para a vida ou a morte, solucionada pelo autor com a morte de todas as personagens.

O terceiro dilema, central, é ser ou não homossexual. É um desejo, um sentimento, uma atracção passageira, espontânea, calculada, de nascimento ou aprendida? Parte deste dilema consiste em não se saber definir nem sentimentos nem acção. Hoje em dia, dizem, estar na moda ser homossexual, ou seja, sentir atracção por pessoas do mesmo sexo. Nunca esqueço a frase do filme Retornar a Brides'Head mencionada pela actriz em Veneza, quando fala sobre a amizade entre dois adolescentes: é melhor que dois jovens se amem em tenra idade, assim sabem depois o que fazer na sua vida adulta. Também não esqueço o texto de Didier Ansieur, de 1958, ao referir o amor que Freud sentia pelo seu cunhado e pelo seu discípulo Karl Jung: o primeiro, casa e tem um filho, ao qual Freud envia uma carta de parabéns na que escreve finalmente somos pais, enquanto o segundo se retira da sua companhia devido ao amor que o célebre médico demonstra por ele, que até o levava ao desmaio quando o via. Contudo, Freud denomina de aberração a homossexualidade nos seus textos de 1906 e 1917 e ainda na Revista de Filosofia de 1910, numa entrevista ou entretienne, repudia o que tem de repudiar, devido aos seus sentimentos divididos entre uma mulher que não quer mais intimidade com ele, por não desejar ter mais filhos: quatro eram suficientes.

Mas, não vamos pensar que é falta ou culpa da mulher o facto de um homem endereçar os seus sentimentos para outro, ou uma mulher para outra. O Relatório de Alfred Kinsey de 1958, relata a felicidade das mulheres lésbicas, que amam e vivem juntas. E dos homens que amam a masculinidade e procuram o ser humano que os atrai. Torna-se necessário fazer uma nova distinção: existe o prazer sexual que pode durar meia hora, e findar. Existe também o ocultar dos sentimentos, quando entram, em segredo, em casas fechadas para fazer amor com pessoas desconhecidas do mesmo sexo.

E os sentimentos? Ao ver uma pessoa dos nossos sonhos, porque com esse desejo também se nasce, muito embora existam receitas terapêuticas para curar essa doença. As crianças, de forma natural, brincam entre elas a fingir ser marido e mulher, na pré-puberdade ou ainda, na puberdade, até decidirem a sua orientação sexual. O interessante é a direcção do sentimento e como se tem resolvido recentemente em vários Estado, incluindo em Portugal. A homossexualidade equivalia a prisão. Hoje em dia, em várias Nações, equivale a casamento, vida pública a dois, permitindo-se ou não a adopção de crianças. E há os que vivem juntos, apenas pelo prazer de se amarem. O sentimento endereçado ao mesmo sexo, é um sentimento respeitável, do qual ninguém pode fazer troça. Porque o amor é uma força da natureza, à qual ninguém se pode opor, é mais forte que a vida social, ocupada em punir a homossexualidade para salvar a reprodução humana ou ocultar os sentimentos.

Hoje em dia, a imposição da vergonha parece ter acabado, excepto em religiões que recomendam um comportamento puro e casto, como o derradeiro Catecismo de Karol Wojtila, que retira a falta, mas solicita apenas sentimento à distancia.como se a natureza pudesse resistir.

Diferente, do que escrevi no ensaio prévio a este, onde a amizade era o elo de ligação. Há também amor, mas um amor que não procura homossexualidade por se ter optado pela heterossexualidade. Talvez, cada vez menos. A porta foi aberta, e a maré embriaga boa parte do mundo, ainda que queiram ocultar o que para certas pessoas, é considerado pecado. Se assim fosse, seria mentira, engano perante a via social e traindo a pessoa amada. Isso é inadmissível. Ou se ama e se é fiel ou se vive na prostituída mentira.
publicado por Carlos Loures às 15:00
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Sexta-feira, 24 de Setembro de 2010

Una reflexión a partir de tu artículo sobre la homosexualidad. (uma carta de Josep Anton Vidal)

Do nosso amigo e colaborador Josep Anton Vidal, recebi esta mensagem. Editor e educador, embora no essencial não esteja de acordo com aquilo que defendi no meu post sobre a "Homofobia", faz uma abordagem que considero bem fundamentada e que, parece-me, contribui para o esclarecimento da principal questão que levantei - devem os casais de homossexuais ser ou não autorizados a adoptar crianças? Leiam o que diz o nosso Josep Vidal.

Carlos,

He leído con muchísimo interés tu artículo sobre la homosexualidad. Aunque estoy de acuerdo contigo en casi todo lo que dices, considerado punto por punto, y en la firmeza con que defiendes una "normalidad" civil y cívica para la homosexualidad, me costaría afirmar que comparto al cien por cien la argumentación que sostienes en su globalidad. Creo que en algún momento se rompe la conexión entre la argumentación y la conclusión. Pero el tema que abordas tan valientemente es más complejo de lo que permite desarrollar la extensión de un artículo, y además, como muy bien señalas, ni el lenguaje facilita la precisión ni la presión social permite adoptar el punto de vista distanciado y objetivo que conviene al análisis y la reflexión sobre un tema que, además de ser complejo, está tan contaminado por prejuicios diversos. Por esta razón me permito apuntar tres aspectos de tu argumentación que, siendo ciertos, no me parecen válidos para sostener conclusiones de aplicación exclusiva a las personas homosexuales, sino que, en virtud de esa "normalidad" civil y cívica, nos afectan por igual a todos.

En primer lugar: me repugna ese exhibicionismo torpe, chapucero, que acompaña las reivindicaciones homosexuales. Pero me repugna igualmente el exhibicionismo torpe y chapucero que acompaña la "normalidad" heterosexual. Como muestra, un sinfín de programas televisivos, filmes y conversaciones y comportamientos en todos los niveles de la vida social. Es, en uno y otro caso, un exhibicionismo patológico, porque nace de una de las graves enfermedades sociales que nos afectan. Podríamos extendernos muchísimo aduciendo ejemplos, pero es probablemente innecesario. Podríamos hablar de la diferencia de intensidades entre el exhibicionismo de los unos y de los otros. No existe, por ejemplo, un desfile de exhibición heterosexual... Pero existe una exhibición ancestral de estereotipos de masculinidad y de feminidad que han impregnado a lo largo de siglos nuestra cultura y nuestra "normalidad" hasta tal punto de excluir de la normalidad a todo aquel que no responda a esos patrones. La misma actitud benevolente y la condescendencia con que se "acepta" la normalidad de la homosexualidad en las mentalidades más abiertas, liberales y democráticas es, por sí misma, un indicador de la desproporción entre la posición de unos y la de otros. No es una "normalidad" real aquella en la que una de las partes constituyentes ha de ser aceptada o reconocida por la otra, porque la necesidad de aceptación indica que la normalidad no tiene existencia real sino que es un objetivo a conseguir. Así pues, al exhibicionismo patológico se añade un exhibicionismo cultural y ancestral, que, cuando responde a los patrones tradicionales de la "normalidad" puede permitirse ser de "baja intensidad", es decir, no necesita amplificadores, y en el caso contrario, en cambio, se ve fácilmente impelido a ser de "alta intensidad" y proveerse de unos potentes sistemas de amplificación. (El hecho de que esa amplificación sea torpe y chapucera obedece a razones diversas, entre las cuales están la inhibición de la sensatez de muchos, la presión de determinados tabúes en otros y, en una proporción importante, el mal gusto, el kitsch y la ordinariez, tan presentes en tantos otros ámbitos de la normalidad social.

El segundo apunte se refiere a algo que me interesa especialmente, por mi condición de educador. Los derechos de los niños deben estar por encima de todo, dices. Naturalmente, pero esos derechos son un nivel de concreción en el marco de los derechos humanos y, por tanto, no son distintos a éstos. La defensa de los derechos humanos se da en dos dimensiones de responsabilidad: la creación de las condiciones sociales en las que sea posible el ejercicio del derecho, y la creación de los mecanismos de defensa social que permitan restablecer la justicia allí donde algún derecho sea atacado. La negación de la adopción a una pareja de personas del mismo sexo parece ser que formaría parte de la primera de esas dos dimensiones de la responsabilidad ante los derechos humanos, puesto que no puede formar parte de la segunda. Pero, ¿realmente esa restricción optimiza las condiciones sociales para el ejercicio de los derechos humanos? Permíteme un ejemplo probablemente demasiado simple: negar la paternidad a alguien que no va poder alimentar a sus hijos –alegando el derecho de toda persona, y concretamente de los niños, a recibir alimento– no crea condiciones sociales para el ejercicio del derecho. Como educador he visto crecer niños en ambientes de hostilidad extrema: agresiones físicas, alcoholismo, drogodependencias, fanatismo ideológico de signos muy diversos, represión, palizas y castigos desproporcionados y humillantes, violación... Cuando enumero cada uno de estos extremos estoy pensando en personas concretas, en niños y niñas que he tenido como alumnos, personas con cuya existencia he estado comprometido como educador... Muchas de aquellas situaciones son hoy "legalmente" constitutivas de delito y denunciables. Antes no lo eran y, si lo eran, no contaban con ningún apoyo social y la denuncia caía en saco roto o empeoraba la situación de las personas. Hoy no sólo son "denunciables" sino que las víctimas tienen a su favor la sensibilidad social, aunque esto no siempre se traduce en eficacia social en el tratamiento de estas patologías.

He pensado a menudo que la vida, llámale biología o naturaleza, dota a las personas de una capacidad de resistencia sorprendente. Y utilizo la palabra "sorprendente" porque su acción no responde a la lógica de causa y efecto, que en cuanto a las conductas sociales tan definitiva parecía a las mentalidades decimonónicas de las que se nutrió la educación de buena parte del siglo XX y tal vez hasta nuestros días. De ambientes tan hostiles hacia la persona como algunos que he conocido, de situaciones tan poco educativas y humanamente tan poco estimulantes, ¿qué tipo de persona podía surgir? En mis años de joven profesor me planteaba a menudo este interrogante. Luego, con los años, he visto que las reglas de causa y efecto no son infalibles, sino al contrario, terriblemente falibles, inexactas. En educación, los pronósticos basados en relaciones de causa y efecto suelen fracasar, porque existe un factor social de "corrección". Afortunadamente, la educación no es sólo tarea de la familia y de la escuela. La sociedad actúa permanentemente. El entorno de relaciones personales, el entorno laboral, las relaciones afectivas, los medios de comunciación, la vida social que rodea a la persona, dibuja una estructura de relaciones de una diversidad y una potencia educativa enormes. Por eso, el fracaso educativo, el fracaso familiar, y el fracaso escolar son, sobre todo, un fracaso social. Y no se corrigen con medidas sólo escolares o sólo familiares, sino con medidas de corrección social.



No es una divagación gratuita, sino para constatar que en nuestra sociedad no suele restringir a nadie la posibilidad de ejercer la paternidad -salvo por la comisión de un delito o por razones tan incosistentes en relación con la educación infantil como las disputas entre los cónyuges llevadas a los tribunales-. No se restringe el derecho a ejercer la paternidad ni siquiera existiendo síntomas patológicos evidentes para suponer la incapacidad de ciertas personas para hacerlo de modo que sean preservados los derechos del niño (pienso, por ejemplo, en aquella madre de religiosidad exacerbada y patológica que obligaba a su hijo prepúber, mientras ella lo bañaba, a mirar al techo para que no pudiera sentirse inducido al pecado por la contemplación de los propios genitales). Y es por eso que no entiendo que la preservación de los derechos del niño se exacerbe ante la posibilidad de que una pareja de personas del mismo sexo puedan asumir la responsabilidad del cuidado y la educación infantil, teniendo en cuenta, además, que existe probablemente un plus de voluntad y de consciencia en las personas que asumen el compromiso de la paternidad a contracorriente y tienen que luchar y dar la cara permanentemente por él. Por tanto, no podemos hacer prevalecer la suposición de lesión de derechos en una situación, cuando no cuenta para nada en el resto de los casos. Porque eso se escapa de la normalidad. Sí podemos, en cambio, continuar trabajando en las dos líneas de defensa de los derechos humanos a que me he referido antes, y eso afectará por igual a los niños crecidos en familias bisexuales, en familias monoparentales, en aquellas en que una niña convive desde pequeña con sus dos hermanos varones, el padre viudo, el abuelo y un tío soltero, y en aquellas en que la madre divorciada convive con su propia madre, sus dos hermanas y su hijo varón... Y, no veo por qué no, en familias formadas por dos personas del mismo sexo que comparten un proyecto de vida en común y que, en función de ese proyecto, asumen la educación de un hijo. Pienso en qué marco jurídico debería situarse, por ejemplo, el caso que conozco de una mujer, madre de un niño, que al enviudar después de un matrimonio poco afortunado, inició una relación homosexual que se ha estabilizado y que es, según parece, plenamente satisfactoria para ella y para su hijo. Y pienso también en muchos niños y niñas cuyas vidas hasta la edad adulta (los 18 años) transcurrirán en una institución -que deberán abandonar al alcanzar la mayoría de edad- sin referentes educativos precisos de ninguno de ambos progenitores ni otros referentes estables.

En resumen, ni el exhibicionismo o la falta de pudor en la mostración de lo que no debería salir del ámbito de lo privado, ni la preservación de los derechos del niño, ni la existencia de patrones familiares distintos al estereotipo hombre-mujer son cuestiones de las que se deriven conclusiones que puedan atribuirse exclusivamente al patrón de núcleo familiar de dos personas del mismo sexo ni que permitan suponer un mayor deterioro en la educación de los hijos crecidos en uno u otro modelo.

Un abrazo

Josep A. Vidal
publicado por Carlos Loures às 16:30
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Quinta-feira, 23 de Setembro de 2010

Sobre a «homofobia»

Carlos Loures

Este texto, ao qual fiz pequenas adaptações, foi publicado noutro blogue e causou polémica, sobretudo pela minha não aceitação da adopção de crianças por casais de homossexuais. Espero que, tendo atenuado a veemência com que afirmava a minha convicção a esse respeito, o texto seja hoje recebido de forma mais pacífica.

Hoje em dia, uma das preocupações de quem quer estar politicamente correcto (e de bem com a «democracia» que temos) é a de não ser considerado «homofóbico». O termo é relativamente recente, datando de 1971 e terá sido inventado pelo psiquiatra norte-americano George Weinberg, aparecendo pela primeira vez na sua obra Society and the Helthy Homosexual (1972). O raciocínio para a construção do neologismo foi linear = homo+fobia, homo de homossexual e fobia, do grego phobos (aversão, receio, nevrose obsessiva contra algo). Porém trata-se de uma construção apressada, feita com uma impaciência tipicamente ianque. Senão vejamos.

A palavra homo tem duas acepções principais: pode ser um prefixo e um elemento de composição de palavras científicas, indicando semelhança, igualdade, identidade, como por exemplo, no campo da botânica, se diz que um capítulo é homogâmico. O adjectivo significa que as flores que constituem o capítulo são hermafroditas e semelhantes. Numa acepção mais corrente, homo é um substantivo masculino da área da Antropologia e significa o género da família Hominidae, género representado pelo homem actual, ou seja, a espécie humana. Portanto, à letra, teríamos homofobia = aversão à espécie humana. Não era, por certo, esta a ideia de Weinberg. O que se quer dizer com homofóbico é que se trata de alguém que tem aversão a gays e lésbicas. Disseram-me que o termo correcto seria um complicado palavrão: homofilofóbico, ou seja, aversão ao que gosta do igual – Homofóbico é um disparate, embora eu tema que, tal como outros que por aí circulam, tenha vindo para ficar. Mas não é um erro muito importante, desde que saibamos do que estamos a falar. Porque mais do que analisar a etimologia do termo, importa abordar o seu conteúdo conceptual - ser ou não ser contra os homossexuais, eis a questão – isso, sim, é importante.

Além disso, se quisermos aprofundar a questão etimológica, até a designação “Homossexual” é discutível, pois numa acepção imediata todos os seres humanos são em princípio “homossexuais” – ou seja todos tendem a ter actividade sexual. Para não complicar vamos aceitar as designações vulgares. Certas ou erradas, são as que circulam como moeda corrente.

Não sou contra (nem a favor) dos homossexuais enquanto tal. Desde cedo me habituei a não perguntar aos amigos ou às amigas qual a sua orientação sexual. Sempre me interessou o que as pessoas pensam, como pensam, como utilizam a sua inteligência e nunca a sua sexualidade serviu de base à avaliação que delas faço, isto embora tenha sido educado no pressuposto de que a homossexualidade é uma aberração, uma doença, uma perversão. Numa época em que os homossexuais viviam na clandestinidade, bati-me contra preconceitos estúpidos, nunca esperando viver até a um tempo em que, contra a muralha de betão erguida pelas convenções sociais, se erguesse uma outra, talvez feita de flores criptogâmicas, mas igualmente imbecil – aquela que os lobies da comunidade gay laboriosamente constroem, pretendendo criar novos preconceitos e instaurar uma nova ordem sexual dentro da qual é crime, ou pelo menos é censurável e démodé, ser hetero. Com a idade, deixei de ter paciência para fundamentalismos, venham eles de onde vierem. E, sobretudo, deixei de ter paciência para fingir que respeito convenções imbecis

Há mais vida para além do sexo, embora haja quem não aceite essa realidade – a orientação sexual não define totalmente a pessoa, sendo apenas uma pequena parcela do todo que ela constitui. Diz-se que Leonardo da Vinci era homossexual. Sandro Botticelli não o seria. Se eram uma coisa ou outra, o que tem mais importância, as suas opções sexuais ou a sua genialidade como artistas? O que nos ficou destes dois mestres florentinos do Quattrocento não foi o rasto da sua sexualidade, fosse ela homo ou hetero, mas sim as suas obras. Quando nos extasiamos ante A Virgem dos Rochedos, do Leonardo, ou perante A Primavera, do Sandro, o que nos interessa a sua orientação sexual?

Na realidade, existiu e ainda existe discriminação. É impossível negá-lo, sendo repugnante a boçalidade com que os homossexuais são muitas vezes tratados e igualmente odiosa a parafernália de termos, de anedotas, de ditos pretensamente espirituosos que lhes são dirigidos. Porém, alguns dos activistas e militantes dos movimentos de gays e lésbicas têm a sua quota de responsabilidade na discriminação de que são alvo ao construírem o negativo do molde em que tais boçalidades se vazam e forjam. Por exemplo, a «marcha de orgulho gay» é um espectáculo feito para incomodar e chocar o inimigo, a maioria hetero. O resultado., ao ser um espectáculo tão boçal e repugnante como as invectivas tradicionais, é justificar a continuação da injustificável discriminação. A mim incomoda-me não porque me choque, mas porque é, na minha opinião, uma exibição deprimente, um puro acto de provocação, vazio de conteúdo. Orgulho em quê? Ninguém deve ter orgulho em ser hetero ou homossexual – uma coisa ou outra são circunstâncias biológicas ou educacionais, não são privilégios ou estigmas e, muito menos, coisas com que as pessoas se devam orgulhar ou envergonhar. Movimentos de homossexuais? São tão necessários quanto movimentos de apreciadores de vinho tinto (e pensando bem, são ainda menos necessários).

Nem só os activistas gay são responsáveis - a má consciência de quem herdou uma cultura de discriminação violenta (a «democrática preocupação do politicamente correcto») levou gente honesta e sabedora a bater-se por causas sem sentido como a do casamento entre pessoas do mesmo sexo. Curiosamente, as mesmas pessoas que, em épocas passadas, desvalorizavam o casamento. O casamento é uma instituição que, fora os aspectos jurídicos, meramente contratuais, está em crise. Nunca houve tantos divórcios. Mas os homossexuais querem ter direito a casar e há quem gaste tempo e argumentação a discutir o tema: reputados intelectuais, inclusive. O casamento tem como objectivo primeiro a procriação. Essa é a fundamentação original, embora depois possam ter surgido outras razões, nomeadamente as de carácter afectivo.

Numa luta pela extinção do casamento alinho já, mas perder tempo a defender que um casal gay possa unir-se sob a bênção de um clérigo ou numa conservatória do registo civil, é coisa que nunca farei. Se querem que as fotografias da boda venham nas «revistas do coração», destinadas a débeis mentais (heteros e não), não precisam de nenhuma lei específica – o direito à idiotice está aí para ser «democraticamente» usufruído. O romantismo de uma união amorosa não pode ser reduzido a meia dúzia de clichés de gosto duvidoso, grinaldas, marchas nupciais, arroz… – ou é algo que vive nos corações de quem compartilha esse sentimento ou é mera e pirosa exibição. Para mim, isto é válido tanto para «heteros» como para «homos».

Sobretudo não concordo que casais de homossexuais tenham o direito de adoptar crianças. As crianças (cujos direitos devem estar acima de tudo), elas sim, têm direito a ter um pai e uma mãe, não dois pais ou duas mães ou, o que é mais grave e mais provável, duas pessoas que não são, em duplicado, nem uma coisa nem outra. As crianças devem ser protegidas e pô-las a viver sob a tutela de duas pessoas que, pese embora a pureza dos seus sentimentos e a bondade das suas intenções, têm uma orientação sexual que não é a que a Natureza impõe, é, perante seres que absorvem tudo o que apreendem do ambiente em seu redor, uma boa maneira de fazer proselitismo da homossexualidade, mesmo que não seja essa a intenção. Considero a questão do casamento entre gays de somenos importância, discordo, mas nada me incomodou que tal lei tenha sido aprovada, no que diz respeito à adopção de crianças, penso que estes governos (PS ou PSD) podem aprovar o que entenderem. Não têm é o direito de jogar com a vida das crianças, por mais votos que isso lhes traga.

Em suma, não nos devemos nunca esquecer que gays e lésbicas, tal como as testemunhas de Jeová ou os democratas-cristãos, pertencendo a grupos minoritários, não são seres perversos ou malignos e, por isso, não devem ser discriminados, muito menos perseguidos. O direito à diferença (em matéria de crença religiosa, de opção política ou de orientação sexual) é inalienável. Porém, não queiram impor às maiorias os interesses de uma minoria. Devemos respeitar sempre as minorias. A menos que essas minorias, considerando-se detentoras de verdades absolutas, se queiram transformar em líderes e condutoras das maiorias. E isso está errado e não pode aceitar-se, quer se esteja a falar de elites fascistas, de seitas fundamentalistas ou de lobies de gays. A democracia deve imperar sempre, em todas as circunstâncias, protegendo as minorias de maiorias despóticas e as maiorias de minorias iluminadas. A democracia, na versão em que a conhecemos, vem tolerando tudo, aceitando tudo, mesmo o que sendo anti-democrático constitui um perigo para a essência do sistema. Mais do que benevolência e tolerância, parece-me que se deve falar de laxismo.

A homossexualidade, não é um problema, mas apenas uma maneira de viver o sexo que deve ser democraticamente respeitada. Gastar tempo e energia a discuti-la, parece-me ocioso, tanto mais que há problemas autênticos - a miséria, as doenças, o ensino deficiente que temos, as políticas de saúde e de cultura que não temos. É lamentável que haja movimentos políticos de esquerda que dediquem tanto dos seus pequenos caudais de energia a causas tão fúteis – será para obterem votos? Desiludam-se, na altura de votar, tirando os tais activistas, os homossexuais (como, aliás, é perfeitamente natural) dispersam-se, como os outros cidadãos, pelo leque eleitoral, votando maioritariamente nos partidos do chamado «bloco central». Porque insisto, e aqui, quanto a mim, reside o cerne da questão, os homossexuais são cidadãos de pleno direito, com os mesmos deveres e privilégios dos outros cidadãos – não faz sentido a criação de leis específicas para questões de orientação sexual, tal como não faria que as criassem para cada confissão religiosa (como algumas seitas reclamam). Orientações confessionais ou sexuais pertencem ao foro íntimo, não devendo ser alegadas para que um cidadão se exima de obrigações ou usufrua de um tratamento diferenciado. A beleza da Democracia reside precisamente na igualdade de todos perante a Lei, a par de um profundo respeito pelas diferenças de cada um.

O que aqui fica dito não pretende ser uma abordagem profunda do tema – que já está abundantemente feita por clínicos, antropólogos, juristas, teólogos, sociólogos… – é um desabafo de um cidadão que se preza de nunca ter feito discriminações, fossem elas de género, étnicas, religiosas ou atinentes à sexualidade de cada um. Não sou, portanto, homofilofóbico. Recomendo aos activistas dos movimentos de gays e lésbicas que, por sua vez, não sejam homofóbicos – por favor, integrai-vos democraticamente na grande família do homo sapiens!
publicado por Carlos Loures às 12:00
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