Terça-feira, 18 de Janeiro de 2011

Mis Camelias – 2 – por Raúl Iturra

(Continuação)

 

MEMÓRIAS DE PADRES INTERESADOS (ENSAIO DE ETNOPSICOLOGIA DE LA INFANCIA)

 

 

El sentimiento de culpa acabó cuando el bebé, tirado por fórceps, nació a las 5 de la mañana del 26 de Junio. Oí la voz del médico decir: bueno, es un cuarto para las cinco, es mejor fijar la hora en números redondos, vamos escribir a las cinco de la mañana. Y así fue fijada la hora del nacimiento. Una hora que debemos saber exactamente. Mi mujer dice que fue a las seis de la mañana, yo porfío haber oído al médico decir a las cinco. Gloria insiste que sabe más porque ella estaba ahí. Mi respuesta es siempre la misma: estabas, pero estabas anestesiada. ¡La discusión ha durado cuarenta años!

 

Siempre he pensado que a las mujeres que dan a luz, hay que permitir un gran margen de verdad sobre la historia que narran: esa es la hora de ella, bueno, no hay nada más que decir. O, talvez, que al volver de la anestesia, me preguntaba, una y otra vez: Raúl, ¿qué fue, niño o niña? Y yo, en mi ternura, le decía la verdad: fue niña, ella sonreía e volvía a adormecer por causa del cloroformo. Volvía, media hora después a preguntar. ¿Raúl, fue niño o niña? Santamente y con cariño y besos: fue una niña, mi amor. A la tercera vez-siempre hay una tercera vez, como el gallo que cantó a San Pedro después de negar que era amigo de Jesús, por temor a las represalias, tres veces negó ser amigo de Jesús... y el gallo cantó, como había sido predicho por el Señor Cristo. En la maternidad, no quería armar Cristos, de forma que cuándo mi mujer preguntó que si era mujer, podía o no ponerle aros. En mi desencanto de ser niña y no niño, busqué una tabla de salvación y dije que si, si era en la nariz o en los labios... Es decir que no, replicó mi mujer. Las dos enfermeras que teníamos saltaron y dijeron: ¡Don Raúl! Su mujer tuvo a su hija, sufrió mucho, tuvo que ser rasgada y Ud., como machista que parece ser, ¡dice que no a los aros! ¡Mímela, dele el gusto! ¿Qué iba a hacer yo frente a tanto mujerío en defensa de la mía? Mi machismo cayó, con agrado de mi parte y dije, lo que quiera, m"hijita. E hice bien.Llamé por teléfono a mi padre y a mi cuñada, llegaron a las 8 de la mañana los dos, mi padre con aros de brillantes para nuestra hija, mi cuñada con aros de oro. Tuve que tragarme el sapo que sentía en la garganta, ni que fuera un concilio de piedra enfrente de mí. Hay costumbres y costumbres. La mía, estaba  perder.

 

Maldito avión, ya ni luz hay ahí afuera y nunca más llega... Pensando mejor, ¿será el avión que no llega lo que me da rabia, o los recuerdos del nacimiento de nuestra hija y mi machismo  desgarrado? Más tarde iba a escribir un ensayo para mi periódico, cuyo título es: "Mujer a crecer, machismo a temer". Descargas, talvez, del pasado ya vivido, pero nunca olvidado, talvez en mi conciencia, pero archivado en mi memoria. La rabia debe ser del avión y de las memorias, todo junto. Cuando la ansiedad nos gana... inventamos cualquier subterfugio para organizar las culpas y quedar de ánimo leve.

Las horas pasaban, la luz de día estaba sólo en mi alma, fuera del aeropuerto estaba a declinar. Los recuerdos son que pasamos una tarde calma, con una suegra a llorar porque había sido, con mucho dolor, madre de dos hijas y no gustaba de ver sufrir a su más regalona, la hija más joven y casada, la hija en quien había puesto todas sus esperanzas maternales. Mi madre jugaba el juego del pavo: ella nunca había tenido dolores, que su hija  segunda era muy rápida, su hermana Ana Luisa despachaba en media hora a los hijos, a los cinco hijos que había tenido y otras hierbas de olor nauseabundo. Mi padre, nervioso -era costumbre en esos tiempos que toda la familia más próxima estuviera con la parturienta-, comenzó a fumar. Pensé: esta es mi ocasión de despacharlos a todos. Con mucha amabilidad les dije: Papá, acá no se fuma, mamá, acá no se habla tanto, además, mi suegra está a sufrir, llévenla a casa y busquen consuelo entre Uds., porque tenemos mucho trabajo enfrente de nosotros. Y los acompañé dulce, pero firmemente, a la puerta de la Clínica.

 

Corrí de vuelta a la habitación que tenía sala y cuarto, y dije, ¡por fin estamos solos!, Como debe ser. Mi mujer, testaruda dijo que su madre por lo menos podía haberse quedado y no estar sola en nuestra casa, con la servidumbre. Yo dije: ¡va! Y levanté los hombros. El hijo es nuestro y tenemos que acompañarnos para acostumbrarnos a criarlo, aun convencido que iba a ser hombre. El baile siguió en Adagio Cantabile. La dilatación también. Gloria y yo luchamos, juntos,  quince horas. El Dr. Del Valle, nuestro ginecólogo,  la llevó al quirófano. Pedí entrar. En esos tiempos no era permitido, dijo nuestro médico, se puede desmayar al ver la sangre de su mujer. ¿Qué hago con dos enfermos en la sala de operaciones?. Paseé y paseé, hasta oír la voz de "vamos fijar la hora redonda de las cinco de la mañana", salió una enfermera a correr con un bulto en una frazada, mandé parar y dije: "Lo que lleva ahí es mi bebé y quiero conocerlo", ella paró, abrí con cuidado la frazada, vi la cara y dije: "Ah, es igual a mi suegra", la enfermera me preguntó: ¿Y no quiere saber si es niño o niña? Respondí, para qué, si es igual a mi suegra, es niña. La enfermera se rió y dijo: ¡caramba, cuánto sabe! Corrió con nuestra hija para un sitio más caliente. Fumé. Trabé amistad en la espera con un oficial de la Armada, cuya mujer estaba a la espera del segundo hijo de ellos. Estaba sólo como yo. Nunca más nos vimos. Eran las horas de las confidencias entre hombres que van a ser papás y están sin familia. ¡El primer bebé, una hija!. En esos minutos estaba feliz de todas maneras, feliz de tener un hijo, no me importaba si era mujer o hombre, feliz de haber pasado por los dolores, feliz de haberme recuperado de los dolores de parto que, ya me había advertido el chofer del papá, los hombres sufrimos cuando nuestras mujeres están embarazadas.

 

 

 

publicado por Carlos Loures às 15:00

editado por Luis Moreira às 17:04
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