Sábado, 29 de Janeiro de 2011

Mis Camelias – 12 – por Raúl Iturra

 

(Continuação)

 

MEMÓRIAS DE PADRES INTERESADOS - ENSAIO DE ETNOPSICOLOGIA DE LA INFANCIA

Ese ser pequeña, fue lo que causó que la noche acabara en el Hospital de urgencias del Royal Victoria Hospital [68]

. Había comida la típica comida de bebé, filetes de pescada congelados y mojados en harina de pan, que ella gustaba tanto. En el medio de la noche, nos despertó con vómitos que no paraban. No había taxis, tuve que correr a casa de los Gáudio y pedir a Ricardo que nos llevara, lo que hizo de inmediato, tan alarmado como nosotros. Mal llegamos al Hospital, lo primero que hicieran fue llenar una ficha de inscripción. Enervado como estaba, no hablé, grité que la niña debía ser atendida primero y que después íbamos llenar la ficha. Como nadie me oía, tomé a Eugenia de los brazos de su madre, entré a la sala de urgencias y pedí un médico de inmediato. Detrás de nosotros venía la enfermera, a la que mandé a buena parte: Eugenia era para ser la primera atendida, envuelta y todo como estaba en su frazada amarilla, que, como ya he dicho antes, ella llamaba yagua,  y los papeles serían llenados y firmados después. ¡Conseguí! Eugenia y Gloria entraron a la sala de urgencias, la niña estaba deshidratada, precisaba de agua, precisaba de suero, precisaba de ser hidratada. Nuestra hija  había sido muy esperada, era nuestra y debíamos tomar cuenta de ella y salvarla a correr. Nunca he olvidado esa noche de locos que vivimos. Quedé en el Hospital con ella, Gloria fue con Ricardo y vino a substituirme al día siguiente. Eugenia quedó en el Hospital algunos días. Cuando volvimos con ella a casa, había perdido varios quilos. Gloria, en su prudencia, me pedía para me calmar, le pregunté si ella estaba calma, confesó que no, pero supo como  mantenerse serena, por lo menos exteriormente. Esa serenidad yo no sabía encontrar, esa calma recuperada cuando llevamos a la pequeña de vuelta a casa y comenzó a comer de nuevo, vorazmente. Como cuando era bebé y tuvo su primera enfermedad, no me separé de ella un instante. De hecho, Eugenia, en pequeña, tuvo enfermedades violentas, que precisaban de mucho agua siempre, como esa meningitis que solo podía ser tratada con penicilina y mucho suero, mucho, mucho, suero. Desde muy pequeña, Eugenia tenía nuestras vidas suspensas de un hilo.

Fue así la infancia de nuestra Eugenia. Infancia simpática y divertida, pero con muchas enfermedades. Simpática e divertida porque sabía reír y hacernos reír. Vivía mucho en el medio de nosotros, sus padres y amigos, en Escocia y en Inglaterra. En Galicia, su vida pasó a ser diferente. Tenía muchas amigas de su edad que hablaban su lengua. Los períodos en Londres y en Edimburgo fueron siempre muy cortos para aprender la lengua celta del inglés escocés. En Edimburgo tenía acompañantes adultos o niños pequeños que aún no sabían hablar. La conversación de los adultos es supuesta ser una manera de transferir ideas y palabras. Nuestras conversaciones eran siempre de palabras duras, bien pronunciadas, pasando rápidamente de una a otra lengua con facilidad. O hablábamos en inglés, o en castellano, pero con hablantes del castellano que pronunciaban de otra manera. Hablar con los Gáudio, era una forma casi imposible para ella de aprender, los acentos están colocados en otros sitios. Fuera de ellos, no había nadie más que hablara nuestra lengua, excepto nuestra amiga arquitecta Jean Laing, hija de padre escocés y madre chilena.

Creo que cometí un error con Eugenia. Siempre fui de la opinión de que a los niños se les debía hablar como se habla con los adultos, con palabras llenas y bien pronunciadas. En ese tiempo de mis veinte y lgunos años, aún no había descubierto lo que hoy denomino la mente cultural[69]. Hubiera sabido esto antes, Eugenia habría aprendido a hablar mucho antes. En la realidad de la vida social, existe lo que se denomina el baby-talk, o forma de hablar como bebé, de parte del adulto, que imita palabras dichas por un niño o niña pequeños. Ese hablar de bebé, o hablar de guagua[70], como se denomina a los bebes en Chile, es muy practicado por los adultos cuando ven a una criatura nueva. Son sonidos que nacen de la emoción, del cariño, no de conceptos o definiciones o explicaciones. Pienso, por lo que he visto en mi vida, de que los adultos mayores lo practican con más frecuencia que los adultos jóvenes. Ese mimimimi, poipoipoipoi, o decir a una bebé: Tá? Nohtá, repetidas veces, tapándose la cara con un pañuelo o escondiéndose detrás de una silla o mueble, y aparecer de repente, hace que el niño-niña se rían y entiendan las palabras por la mímica de la acción. Hoy en día, muy al contrario de lo que era mi opinión antiguamente, hasta recomiendo que se hable de esa manera con los niños. En mi arrogancia paterna, pretendía que nuestra hija hablase como "debía ser", desde su más tierna edad. Recuerdo, y si yo no recuerdo bien, Gloria me corregirá, que Eugenia comenzó a hablar apenas a los nueve meses de edad, apenas con sones emitidos por ella. Típico era: "papapapa", o, jugar en silencio con sus muñecas, entrando y saliendo de nuestra sala, su casa encantada, donde solo ella existía con sus bebés, dándoles de comer, alimento que ella también engullía, imitando a su madre a darle de comer, comiendo su madre también. Era una pequeña muñeca ella misma, siempre vestida en trajes de lana azul oscuro, esa especie de uniforme que Gloria había tejido para ella en su máquina de tejer en Chile, hechos para crecer junto con ella, heredados más tarde por Camila.

Eran días lindos y tranquilos en nuestras dos casas sucesivas de Edimburgo. Cuando Eugenia comenzó a aprender a hablar y jugar, a los casi dos años de edad, le gustaba salir sola al patio de enfrente de nuestra segunda casa de Edimburgo, en Carelton Terrace, nos mandaba entrar dentro de casa para no tener personas para testimoniar sus juegos, especialmente a sus padres, llamaba a las personas que pasaban por la calle, con su pequeña voz, diciendo: "Hey, Mister, look...", se bajaba los calzones y les mostraba su gordo trasero a los puritanos presbiterianos escoceses que pasaban por la calle. Nosotros, los papás, muertos de la risa, la veíamos en estas actividades eróticas para su edad y no sabíamos muy bien si era correcto o no. Quien mandó allí fue ella.

Cuando finalmente, un día, se despojó de los calzones y se levantaba la falda para mostrar su vientre, pensamos que era necesario distraerla. Nunca la avergonzamos o castigamos, siempre le dábamos una alternativa para ella realizar. Normalmente, dulces o comida. Porque, aún  delgada como ella era y es hoy en día, era muy buena, como se dice en el chileno castizo, muy buena, repito, para el diente[71]. Con la comida, la distraíamos de sus naturales juegos con otros seres humanos que ella no conocía. Hubo, sin embargo, un día en que tuvimos que encerrarla en casa con una cierta fuerza. Había pasado una señora muy presbiteriana, que tocó el timbre de la casa y nos dio una lección de que a los hijos había que criarlos de otra manera. La lección la oí yo, pedí a Gloria y Eugenia para entrar dentro de nuestro departamento y fue un debate de casi una hora. Fue preciso pensar de nuevo antes de permitir a nuestra hija exhibir su cuerpo enfrente de las personas. No fue difícil, duró esta tendencia una semana y después, se olvidó. No era difícil olvidar, ella no recibía azotes en las nalgas, que excitan a los niños pequeños, como comenta Alice Miller en una de sus obras[72] y comenta Tom Johnson  en su texto que cito al pié de página[73]. Nuestra hija no era castigada, no era batida en parte alguna de su cuerpo, por lo que se sentía libre de exhibirlo. No estoy, con esta frase, a aconsejar castigos, pero sí, educación. Normalmente, los analistas tratan de los problemas y no enseñan como  los padres se deben comportar con sus hijos, de forma habitual y por costumbres culturales cada país. Ahí, los Etnopsicólogos estamos en ventaja, al comparar las varias formas de comportarse con los niños entre las diversas culturas del mundo, los más nuevos  de nuestra generación. Castigar[74] es difícil, pienso yo, pero es aún más difícil, criar a la infancia de forma de darle a entender lo que pasa en la vida real. Por otras palabras si castigar es difícil e me parece una infamia de los adultos, es más difícil, sin embargo,  formar el pensamiento, tentar organizar esa cabeza nueva que está a comenzar a adquirir conceptos, ese receptáculo denominado por mí mente cultural, bien como saber transferir pensamientos positivos para estructurar los sentimientos de los pequeños.

Talvez, una digresión no haga mal. Los niños son como las plantas que necesitan ser regadas. El problema de todo jardinero es saber cuánta agua debe ser colocada en cada planta y qué plantas deben de ir al lado de las otras para que las plantas que precisan de mucho agua no maten a las que precisan de poca, o las que precisan de mucha, no ahoguen a las otras. Ser jardinero, es un saber delicado, normalmente adquirido con experiencia y con práctica. La diferencia entre plantas y niños, es muy grande. Para criar plantas, se puede experimentar; para criar niños, experimentar es un peligro muy grande. Es por eso que todo padre nuevo necesita el apoyo de los más viejos de la familia, que ya tienen pasado por el proceso material y ritual, de enseñar niños, de criar. La creación de nuevos seres es un problema sujeto a debate. Y, de hecho, el debate está siempre en abierto. Como ya comenté antes, saber ser papá y mamá, es un saber que se adquiere con el tiempo, con la experiencia. Hay grupos de padres que se juntan solo para debatir la cuestión de cómo educar a los descendientes, porque los analistas, decía antes, solo apuntan el dedo a los problemas de los pequeños. Hasta el día de hoy, todo lo que he leído, está lejos de ser una premonición, una orientación. A quién más consulto, es a Alice Miller, o Mélanie Klein y, como es evidente, Sigmund Freud. Nunca quedo satisfecho con lo que dicen. He llevado los textos de ellos para mis estudiantes de Etnopsicologia de la Infancia y discutir los asuntos con esos adultos que son padres y que también estudian. Las experiencias son diversas. No hay padre o madre que no haya sido siempre muy bueno con sus hijos, ninguno confiesa la forma de ser que tienen con sus hijos. Entre los autores de nuestra plaza intelectual, a quién más he leído es a mi amigo, como estimo yo, Daniel Sampaio[75], y al psicólogo de la infancia, Eduardo Sá[76]. Los títulos de sus obras revelan de inmediato su manera de abordar los asuntos de enseñar. O la Socióloga de la Infancia, Maria Manuela Ferreira. Es decir, tenemos en casa una cantidad de personas que dedican su tiempo a las formas  tradicionales de enseñar y que, no contentos con esa investigación, comparan sus formas de analizar el presente con las formas de vida del pasado. Esa comparación, diría yo, es casi obligatoria, no por metodología, bien como porque el crecimiento de la infancia obliga a comparar, están siempre a cambiar, a mudar para formas diferentes. Hablaba aún hoy con un amigo, que ha sido un fiel amigo y discípulo, Ricardo Vieira, con una inmensa obra sobre Antropología de la Educación, y refería que interrumpía su trabajo de dar aulas, para ir a buscar a su hijo Pedro de 10 años al Colegio, y tomar onces juntos-lanchar os dois, decía él- un ritual que lo alivia de la sobrecarga de trabajo que tiene todos los días.

Sin saber, Ricardo Vieira me estaba a dar una idea de que hay rituales entre padres e hijos que hace bien para los dos, cumplir siempre: es el único momento del día que tienen para convivir y hablar de otras cosas que no sea trabajo. Esta digresión tiene que ver con nuestra propia experiencia de criar a nuestras hijas. Una forma de indicar esa educación, es haber escrito, hasta ahora, sobre sus enfermedades y sus formas de relacionarse con otros. Pero hay mucho más que aprendimos al criar nuestras hijas. Una de las más importantes era nunca castigarlas, al mismo tiempo que inventábamos juegos para que comieran su comida: era siempre ese avión que aterrizaba en su boca, con la cuchara llena de comida, lo que las hacía reír y olvidarse de la "lata", como es dicho en chileno normal, de tener que masticar, estar sentada tanto tiempo en la silla con esa pequeña mesita al frente. Las dos niñas, en sus diferentes edades, hacían lo mismo, trataban de salir de la silla con mesa. Camila era campeona para escabullirse por debajo de es pequeña mesa, no sé cómo, porque era muy fuerte y gorda: tuvimos que aceptar el hecho y pasó a comer a la mesa con nosotros.

Ciertamente, ella quería comer con todos, Eugenia tenía ya seis años y comía con los papás, Camila debe haber sentido que era excluida de la reunión familiar al comer sola y después, dormir la siesta. Con el tiempo, aprendimos que la niña comía mejor en el medio de todos, en la mesa familiar, hasta que aprendió la "maña" de querer comer sola, lo que demoraba mucho las comidas. Eugenia comía muy rápido para ir a jugar con sus amigas, pero si Eugenia salía de la mesa, Camila también quería y el almuerzo siempre acababa con una Eugenia muy aburrida sentada en la mesa a la espera de que su famosa hermana acabase de comer. Fue como Camila aprendió que podía controlar a la familia y demoraba su comida para nos tener a todos juntos al lado de ella. Nuestra salvación, como siempre, fue la llegada de la abuela Amanda, que tenía el placer de sentarla en su falda, hablar en pequeñito, como si fuera otra niña, y en decir: "Mi linda, mi cariño, huainecita[77], mi reina" y otras palabras dulces- forma de hablar que pasó a ser nuestra para pacificar a nuestro indómito retoño- palabras todas que hacían la delicia de nuestra pequeña hija, que trataba a la abuela, a su vez, como un juguete, lo que Doña Amanda aceptaba, adoraba ser besada y recibir cariños de su nieta, esa novedad para ella, en los días que nos fue a visitar a Vilatuxe, en Galicia. Siempre llena de regalos, de historias, de mimos, nuestras hijas la adoraban. Lo que mi suegra no adoraba, era la casa en la cual vivíamos, casa de aldea, hasta que se acostumbró, como mi mujer, que hizo de la casa un paraíso. Creo que de las más de treinta casas en que hemos vivido, la de Vilatuxe debe haber sido la mejor, la más calma, la más acogedora. Gloria estaba serena y feliz, la familia aparecía, su madre, su prima María Teresa, hija del tío Higinio, con nuestros amigos de Uruguay, el psicólogo  Jorge Fernández y Nelly, su mujer. Más tarde,  fue la llegada de mi hermana, su marido y su pequeño bebé, Blanquita, Miguel y Alejandra de tres meses. Para Camila fue una sorpresa ver en casa un bebé tan pequeño, era su muñeca viva. Esa Camila quién, como he narrado en otro texto, andaba siempre tras de mí, lo que yo adoraba.

Si Eugenia en pequeña en Edimburgo, andaba tras de su madre, ella en Vilatuxe, siempre estaba detrás de su Dad. O papá, dependía del sitio que estuviéramos para nos recordar la lengua que hablábamos. Para Eugenia, sin duda, yo era el "papaíto", forma de referir al padre en la lengua luso-galaica, que rápidamente aprendió en Galicia, junto con esa forma española de hablar castellano, como he contado ya.

(Continua)

publicado por Carlos Loures às 15:00

editado por Luis Moreira às 01:01
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