Terça-feira, 25 de Janeiro de 2011

Mis Camelias – 9 – por Raúl Iturra

(Continuação)

MEMÓRIAS DE PADRES INTERESADOS - ENSAIO DE ETNOPSICOLOGIA DE LA INFANCIA

3. - La primera enfermedad

Es siempre la más temida, esa primera enfermedad. Talvez, yo diría que toda enfermedad en un niño, es el tormento de los papás. Si ya apenas sabemos lo que es ser papás, mucho menos podemos saber como diagnosticar y mejorar a nuestros hijos enfermos. El tiempo ayuda a entender las enfermedades de nuestros descendientes. El problema es en medio entre la primera vez que el primer hijo se enferma, y la segunda vez que la enfermedad acontece. Con un segundo hijo, ya es diferente, todas las enfermedades del primero, se reproducen en el segundo, apenas que ya estamos advertidos y el miedo es menor. Pero el miedo es miedo igual: los papás nos sentimos impotentes de defender a nuestros descendientes que tanto amamos y los queremos ver siempre sonrosados y alegres. Es por eso que recurrimos o a la familia o a otros padres, para darnos noticias. El hecho de tener hijos enfermos, ha llevado, en los tiempos de hoy, a formar asociaciones de padres con hijos enfermos, o crónicos o apenas una gripe.

Esas asociaciones no existían en el tiempo en que nuestras hijas eran pequeñas y se enfermaban. Había, como conté en capítulos anteriores, las mamás nuestras, las abuelas de nuestros hijos, para preguntar. ¡Era como un sahumerio! Lo que nuestras madres decían, era un santo remedio.

Nunca olvido el día en que Eugenia, con seis meses de edad, tuvo su primer resfrío. Hicimos, o más bien, yo hice, porque mi mujer era paciente y sabía lo que se podía hacer: esperar, sin embargo decidí realizar dos cosas. La primera, fue llamar por teléfono al pediatra que trataba de nuestra hija, que la había vacunado contra todo tipo de enfermedades, casi como si la hubiera inmunizado contra todo tipo de hechizos, o eso nos parecía a nosotros, o a mí. Me parecía que todo lo que se hiciera, era poco para nuestra primera hija. Nuestro pediatra me parecía un santo, ese médico, por nombre, Ángel Machiavelo, de Viña del Mar, el más afamado y más visitados por los papás que tenían medios para pagar, porque su fama hacía parte del precio de la consulta. No había familia "bien", si no iba a la consulta de este Pediatra. Como padres nuevos y orgullosos, seguíamos la corriente. Cada vez que encontrábamos a alguno de familia o amigos, preguntábamos cuál era su médico pedíatra, y la respuesta era inmediata, el Dr. Machiavelo, por supuesto, m"hijo[44], con un aire de languidez Tenía el poder de curar, ese poder que, desde el día en que fui papá, yo hubiera querido tener. Eran los días en que, padre novato, me maldecía por haberme hecho Abogado y no Licenciado en Medicina, una de mis alternativas al escoger profesión a los 17 años. Las Leyes y el Derecho no curaban a nuestra hija enferma, pero, por lo menos, daba dinero para pagar los médicos. Una tía nuestra, Adriana Carretero del Mudo, era Médica Pedíatra y Directora clínica del Hospital de San Juan de Dios, en Santiago de Chile. A ella recurríamos mucho cuando nuestras hijas se enfermaban. Pero, el dictado de médico, cúrese a sí mismo, no funcionaba, era necesario ir a nuestro pedíatra. Adriana Carretero se había casado con Michael Eckhart, de Viena de Austria, y tenían la única hija, que ellos adoraban. Como nosotros a las nuestras. Entre la dirección de Hospital, el cuidado de la hija y su inmenso amor por su marido y nuestros viajes, no había más tiempo para encontrarse. La última vez que la vi fue, fue en nuestro regreso a Chile en los años 70, nos saludamos con todo amor, me felicitó por mis estudios, respondí que en breve iríamos otra vez a Gran Bretaña para mi doctorado, y ella, en su buen humor, comentó a las carcajadas. " ¡Este Raúl!, Acaba de llegar, y ya se quiere ir de nuevo... Fue la última vez que la vi o he sabido de ella.

Agregó:"hombre, quédense, acá, hacen falta". La única socialista de nuestra extensa familia. Era casi una premonición mía, yo no sabía que iba a tener que volver, en breve, por la fuerza de la historia de Chile, como relato en otro libro.

Bueno, en esa mi  costumbre de desgarrar el texto central, iba dejando de parte la historia de la primera enfermedad de Eugenia. El día que Eugenia se enfermó por la primera vez, quedé deshecho, llamé primero a nuestra madre, que me dio apoyo y dijo que era normal que los bebés se resfriaran y que lo que debía hacer era poner agua a hervir en el cuarto de la niña, para que el vapor la ayudara a respirar. Lo hicimos de inmediato. Sin embargo, no podía separarme del lado de su cuna, esa cama-cuna con barrotes, muy antigua, toda pintada de blanco, en acero macizo, que Mariana Giacaman nos había prestado, la cuna de ella en bebé, la cuna que Panchito, el hijo de ellos, iría a ocupar después, y que fue, antes, fue usada por Eugenia. Tenía los ojos rojos y las lágrimas del resfrío caían cara abajo y nariz abajo. No fui a trabajar y pasé el día todo al lado de nuestro bebé. Gloria me dijo que así no le dejaba descansar, que ella tenía que reposar y dormir para mejorar, y se moría de la risa al ver el escándalo que yo hacía... por un simple resfrío. Salí a la calle, en mi exacerbación compré un xilofón para ella jugar, olvidándome que un bebé tan pequeño, de ocho meses apenas, no podía manejar ese tipo de instrumento. Tocaba para ella la típica canción inglesa para adormecer a los niños pequeños, cuya letra y pentagrama venían en la caja de música, es canción que en inglés se llama "Little Star", canción que pasó a ser casi un himno de familia hasta el día de hoy. La canto a los hijos de Eugenia, que, ya crecidos, no agarran papa[45]. Oír la canción del Opa Daddy o Abuelo en Neerlandés, o Holandés, como es vulgarmente llamado en Castellano. Fue necesario aprender otras canciones para nuestras hijas crecidas y para nuestros nietos, siendo ellos los que, hoy en día, me cantan a mí. Nietos, ese placer de los dioses que, en el día de la enfermedad de Eugenia, ni imaginábamos que íbamos a tener. Estábamos tan ocupados con el crecimiento de ella en esos días, y de Camila después, que no pensábamos en el futuro de ellas. O de ella, en singular, por ser apenas una hija que teníamos, en la fecha a la cual me refiero. Estábamos a preparar nuestra ida Gran Bretaña para hacer mis cursos de pos graduación.

Partimos y ahí fue que aprendimos que, si no hay familia, hay una forma de ayudarse, al buscar compañía en Asociaciones de padres, referidas así: La enfermedad de un hijo o hija es una noticia difícil de asimilar. Causa un impacto importante que, sobre todo en los primeros momentos, hace imprescindible el apoyo de otras familias que han pasado por la misma experiencia. Las asociaciones de padres con hijos enfermos aseguran que el apoyo mutuo es clave para superar el desconsuelo y la incertidumbre de quienes se enfrentan a esta terrible situación. Por ello, se encargan de informar a las familias sobre cualquier duda acerca de la enfermedad, organizan terapias de grupo para intercambiar experiencias y programan actividades de ocio para que los más pequeños disfruten, dentro de lo posible, de una vida prácticamente normal[46]. Hoy en día, sé que este tipo de colaboración existe, por causa de que mi antiguamente enferma hija Eugenia, ha hecho un convenio con sus vecinos y amigos, para hacer turnos con ellos los Sábados: las niñas hacen ballet, los niños van a la piscina, llevados en automóvil por uno de ellos. Es como aconteció conmigo durante un tiempo, cuando mi mujer estaba enferma y fue preciso ir al Hospital con ella, como relato en otro libro sobre el tema. En los años setenta y en Cambridge, era la Parentless Children"s Association o Asociación de Hijos sin Padres o Madres, es decir, cuando faltaba un miembro de la pareja, asociación referida en las varias entradas de la Asociación que paso a citar en la nota de pié de página[47].ésta fue una de las enfermedades de Eugenia cuando era aún bebé, la primera, fue por eso que nos alarmamos tanto, o yo, por lo menos. Ver nuestro bebé con los ojos llenos de lágrimas, con dolor de oídos, sin sonreír e batir los brazos, como siempre hacía cuando nos veía, con los mocos[48] colgando de su nariz, era una simple catástrofe Más tarde, estábamos habituados a los resfriados, a las otitis, y otras enfermedades que pasaron a ser el hecho  cotidiano de nuestras vidas. Vidas pasadas entre el aire caliente de la casa y el aire frío del exterior. No existe país que no haya estado la familia Iturra, que no pasara a ser el símbolo de enfermedad e ir al médico, era una constante procesión, un calvario para todos. Los médicos ya no crían en nosotros.

No olvido el día en que una médica de nuestro centro de salud, surgery en inglés, me gritó: "There is not one single day in the week that we do  not  have an Iturra amongst us. Either you do not know how to take care of your children, or you are hypochondriacs". Como es evidente, salí avergonzado y comenzamos a tomar cuenta de las niñas nosotros mismos. Comenzábamos a aprender. Estábamos habituados a ir al médico por todo o por nada, especialmente por tener médicos dentro de la familia. Debo decir también, que entre la burguesía chilena, ir al médico, era parte de la clase social: los más pobres del país, estaban siempre enfermos, los más ricos, era...  elegante, era una forma de distinción. Los chilenos viven con el médico y los profesionales fomentan esta dependencia, porque así ganan mucho dinero. No hay conversación que no haya tenido en Chile, en que no se hable de médicos, de enfermedades, es una dependencia cultural, que nos parece natural. En Europa es al contrario: de lo que se trata en este Continente Viejo, es libertar a las personas de su adicción preferida, la consulta médica, o de su tema habitual, enfermedades, así como de enseñar a todos como las personas deben tratar su cuerpo. Es un problema social para los Estados Europeos que, recientemente, en el Siglo XXI, han comenzado a hacer de las farmacias un sitio privado y muchas de las medicinas  son vendidas en los supermercados, como otro producto comestible. He leído sobre esto en el texto citado al pié de esta página[49].

(Continuação)

publicado por Carlos Loures às 15:00

editado por Luis Moreira às 02:51
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