Segunda-feira, 17 de Janeiro de 2011
Mis Camelias – 1 – por Raúl Iturra

MEMÓRIAS DE PADRES INTERESADOS


ENSAIO DE ETNOPSICOLOGIA DE LA INFANCIA


Pequeña nota de Introducción.

Comencé a escribir este libro cuando supe que mi hija adorada, Camila y Felix, nuestro yerno, iban a ser papás. La pasión no resultó. Ben nació el 10 de Mayo de 2008, vivió una hora y se durmió para siempre. Otros vendrán, como sabemos, pero Ben Iturra Ilsley será solo uno. Es la razón por la cual hablo solo de la familia. Todos los otros acontecimientos, están en otro libro mío, Para Sempre, tricinco. Allende e Eu. El amor a mi hija y a mi yerno, el gran respeto que me inspiran, me han llevado al silencio de la escrita, una vez más. Es mi regalo y mi dádiva para Ben, que nos ve desde la eternidad, libro que sus padres leerán cuándo puedan o quieran. Lo escribí en Castellano, mi tercera lengua, porque siempre quise ser llamado por Ben y sus futuros hermanos, El Abuelo.

 

Con todo amor y cariño para mi Camila, Felix y Ben, por esa alegría de vivir en el medio de las más desastrosas tristezas. Ben vive en las emociones de ellos y de toda su familia. El hijo no se ha ido, entró dentro de nosotros, como ya habían entrado nuestras hijas Camila y Eugenia, nuestros yernos Felix y Cristan y nuestros nietos Tomas Mauro, Maira Rose y Ben.

 

1. -Día de sol

Raramente hay sol en la Gran Bretaña. Raramente, porque la isla tiene un permanente nublado que nos hace tiritar de frío. El verano, es siempre con lluvia.Ese día de Abril de 1975, era un día especial. Comenzaba la primavera, o, talvez, la primavera estaba comenzada. La primavera inglesa es siempre húmeda. Buscamos el sol al que los latinos estamos habituados, para quedarnos sentados, calmamente, bajo el primer rayo de luz que aparece. Rayos de luz que podían ser de diversas maneras: los del sol, y los del alma. Ese Abril 4 de 1975, era el día de las dos luces. Mi alma brillaba. Brillaba en el aeropuerto donde esperaba a mi familia, la llegada de mi familia, después de una larga separación. Cuando esperaba la llegada del avión trasatlántico,  esos que aterrizan siempre fuera de Londres, en Gatwick, iba recordando. Recordaba el nacimiento de nuestra primera hija. Esa heredera que siempre pensé sería el hijo que siempre esperaba tener y que perdimos, Diego. Recordaba como había prohibido a las mujeres de la familia, que en los años 60 del Siglo XX, habitualmente tejían las ropas que el bebé esperado iría a usar para su nacimiento y sus primeros meses de vida. Era también el tiempo en que la distinción no era de género, era sexual: había niños y niñas. Hoy no es así. Todos los seres humanos somos apenas personas. Sea el que fuera el deseo de sus afectos, y en cualquier edad. Personas pequeñas, personas adultas, personas que lloran, personas que, por causa de su edad, no muestran su dolor en público. Y, en cuanto esperaba, iba recordando.

 

 

El primer recuerdo, en esa mañana de sol de mi alma, era que había prohibido en casa tejer ropas de color de rosa, una de las variadas colores de las camelias. Y reí sólo, porque había tres personas, tres señoras a tejer todos los días: mi suegra, mi cuñada y la madre de mis hijos, nueva y linda en los años de nuestra juventud. Tan linda, como en el día que me enamoré de ella. El bebé que esperábamos era resultado de esa unión apasionada. De esa unión que transcurría en la intimidad de nuestra habitación, en cualquier sitio. Sonreí al recordar esa pasión. En la espera, me enamoré más, quedé más apasionado y más desesperado porque el avión nunca llegaba. El amor y la pasión demoraban.

Mi pensamiento voló para otro rincón de nuestro salón. Todos sabían las horas en que el señor de la casa aparecía. De mañana, temprano, me iba a la Universidad a enseñar y pasaba el resto del día en mi oficina de Abogado. Un día, aparecí antes, subí las escalas hasta nuestro departamento, nuestra casa, en la calle que lleva al mar, y observé que mi suegra rápidamente escondía un bulto dentro de un paño blanco. Antes de saludar, me aproximé a esa querida señora y pregunté qué escondía. La respuesta fue, con una sonrisa simpática: "nada, pues hombre, como voy esconder cosas en tu casa", pero, curioso y casi como a adivinar lo que ahí estaba, me apresuré a pegar en el famoso bulto: un traje color de rosa. ¡Quedé humillado!. Rápidamente dije, ¿no se recuerdan que en esta casa no hay trajes color de rosa?, Si fuera azul o blanco, otro gallo cantaría... Pero... rosado... mi  nuevo hijo, ¡ni piensen!. Estoy seguro que nacerá un niño y se debe llamar Raúl, por mí, por mi padre y por mi suegro. Sonreí en cuanto recordaba. Eran los tiempos en que era imposible saber el sexo del bebé antes de verlo materialmente.  Sonreí aún más, al recordar el nacimiento de ese, para mí, nuestro nuevo hijo. Mi mujer y yo éramos muy modernos e hicimos juntos un curso para preparar el parto y saber relajar el cuerpo de mi mujer, que debe estar elástico para dilatarse. El mío también. Debo confesar que yo estaba lleno de miedo. Adoraba a mi mujer. No quería que nada pudiera herirla, lo supiera o creyera ella o no. Era más bien por eso que iba a los cursos, para acompañarla. La mimé, fui más cariñoso que nunca, la acariciaba, la besaba, besaba su estómago, como quién besa al bebé, ese secreto del Siglo XX... Hasta descuidé mis trabajos para estar siempre con ella. Comenzaron los tormentos, sin embargo. El de ella, que solo quería comer almendras y allá iba yo a comprar las famosas almendras que hasta el día de hoy, yo como. En nuestro país real, estos actos se llaman antojos, es decir, yo quiero que, no me gusta tanto, me carga, y otras ideas que aparecían en la cabeza de la mujer embarazada que no tiene otra cosa para hacer que cuidar de sí misma. Mi mujer, antes de nuestro matrimonio, trabajaba y ganaba buen dinero, más de lo que yo. Mi hábito era nunca cobrar a los más pobres en mi buffet de Abogado, pero cargaba la mano pesada cuando una persona de la familia aparecía con un caso para investigar  y llevar a tribunal. Especialmente al hermano de mi abuela, la madre de mi madre, que tenía más dinero que pelos en la cabeza, y era muy... cabelludo. Ese Casto Carretero Grajera-Molano. Ese amigo de su vecina Eugenia de Montijo, Condesa de Teba en Badajoz, ese amigo de Isabel Wittelsbach, de Austria o Hasburgo. Cada vez que aparecía, lo que yo le cobraba, me ayudaba a pagar la renta del bufete. Y aparecía mucho. Era el protector de la familia. Quería que todos sus nietos, sobrinos nietos e hijos, hicieran tanto dinero como él había hecho.

 

El avión nunca más aparecía. En esos años, los aviones eran muy demorados, debían parar en varios aeropuertos para abastecerse de gasolina. Así conocí las Islas Canarias por la primera vez, en mis 20 años, mucho antes de ir allí a dar conferencias a la Universidad de La Laguna, en los años ochenta del Siglo XX, en el auge de mi carrera académica, científica y de investigador. Dejaba los recuerdos, miraba la hora, la luz del sol iba bajando. Fue cuando recordé que un Domingo 24 de Junio, pleno invierno en Chile, ese que no se siente a la orilla del mar, mi mujer comenzó con contracciones. Llamé de inmediato a la clínica, ya contratada, la de Miraflores en Viña del Mar. Dijeron que no había causa de alarma.Era normal tener contracciones días antes del bebé nacer. Pasamos una noche muy asustada. Muy temprano de mañana, fuimos a la clínica, nuestro ginecólogo la auscultó y dijo que aún faltaban horas para el nacimiento. Nos hicieron volver a casa. En mi impaciencia, que es muy grande, me gusta tener todo antes de la hora, tenía rabia. Para calmarla, fui a mi oficina, hablé con las personas que debía, hasta que una grande amiga y vecina de edificio, Liliana Aravena, me recordó: "Raulito, tu mujer...  Lo recordé de inmediato. Mi problema siempre fue que, cuando estoy en una cosa, no puedo entrar en otra al mismo tiempo. Me levanté y volví a casa, llevado por mi  amigo de la vida, mi  hermano adoptivo, Francisco Vio Grossi. Mi mujer estaba calma y tranquila, pero con contracciones muy fuertes, ese lunes 24 de Junio. Dije que no íbamos a la clínica de inmediato. Eran los tiempos en que los hombres teníamos poder de mando. Poder  abandonado voluntariamente por mí. La fiesta había comenzado. O eso me parecía. Para mi mal humos fuimos devueltos a casa. Aún no era el tiempo. Más una noche sin dormir. Pero el Martes 25, nos dejaran. ¡El bebé iba nacer...! ¡Finalmente íbamos a saber si era el niño que yo esperaba! O no. Momentos en los que no pensaba ni me importaba en el sexo de la criatura. Simplemente, no pensaba. Gemía. Gemía junto con mi mujer, imitaba sus quejidos, parte de las clases que habíamos tenido, imitar los quejidos de la mujer para que no se sintiera sola. Las horas pasaban. Las contracciones eran leves. Recuerdo haber dicho al médico que si eso era parir, estábamos prontos para el otro bebé. Claro que era yo quién hablaba. No tenía dolores. Apenas miedo. No sabíamos que al comienzo las contracciones eran leves, fáciles de soportar. Más tarde, cuando el baile comenzó, me arrepentí de las palabras dichas. No   recordaba las instrucciones. Dar a luz, es el más fuerte dolor que alguna vez observé y sufrí con mi mujer.. Sentí culpa. Mi mujer no quería aún hijos, pero tuvo que confrontarse con mi deseo de ser papá y aceptó. Ese empujar de una maternidad, era parte de mi sentimiento de culpa.

 

Recuerdo esto, para distraerme a la espera del avión, de ese avión que traía un regalo para mí. No solo la familia conocida, traía también la familia desconocida, el otro bebé que había nacido en Chile, cuando yo ya estaba en Inglaterra. Ese bebé desconocido para mí y que me moría por ver. Era el bebé resultado de una tercera pasión, bien más arrebatadora que la primera. Era mi ansiedad...

 

(Continua)



publicado por estrolabio às 15:00
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