Sábado, 11 de Dezembro de 2010
Semana do Ensino - La escuela de los años oscuros – I
Este texto foi escrito em catalão. Por absoluta falta de tempo, não pudemos fazer a tradução para português em tempo útil. Por isso, publicamos uma versão em castelhano. O original catalão sairá na próxima segunda-feira no “Quatre Barres”.

Josep Anton Vidal



Entre la calle y la puerta de acceso al interior de la escuela había un patio rectangular cuyo lado mayor recorría la fachada principal. La gran puerta de acceso al patio era de hierro, rematada con rejas en su parte superior, donde describía un arco. Entre el arco de la puerta y el acceso al vestíbulo había un enramado de buganvillas de color morado, que, al desprenderse, alfombraban el patio.

A la hora de entrada la gran puerta de hierro permanecía abierta de par en par. Después, cuando el reloj se acercaba a la hora en punto, esta puerta se cerraba y quedaba abierta sólo una portezuela por la que había que entrar o salir de uno en uno. Entonces, los rezagados apresuraban el paso, porque a la hora en punto aquella perqueña puerta se cerraría y dejaría fuera tanto a los que se acercaban y que todavía estaban en algunos metros de distancia como a los que ya habían llegado pero, obligados por la estrechez de la vía de acceso, hacían cola para entrar.

El encargado de cerrarla encontraba una satisfacción profunda y malsana en aquella parcela de poder que administraba y que quizás colmaba con una pizca de éxito miserable una penosa vida de derrotas. Era para él, probablemente, uno de los pocos momentos de su vida en que se sentía justificado por el poder, en que se sentía formando parte de él, y aquello le enaltecía. En las películas de romanos de la época abundaban las escenas de circo en las que valerosos gladiadores y una multitud de cristianos de aspecto tierno y azucarado se enfrentaban a los leones, yo había visto esa misma actitud de engreimiento, de soberbia y prepotencia triunfante en la interpretación estereotipada del emperador o del gobernador romano de turno, que, con estudiada displicencia, después de la lucha a muerte de dos gladiadores, en medio de los gritos de la multitud enardecida por la lucha y la sangre, miraba a un lado y otro, más tieso que un gallo en el gallinero, y hacía con el pulgar de la mano derecha el gesto salvador o condenatorio. Durante un momento no se sabía si el pulgar del emperador señalaría al suelo, hacia la profundidad de los abismos insondables, donde el infierno esconde sus suplicios, lo que significaría la condena irremisible del vencido, o hacia arriba, al cielo, que, a pesar de ser tan insondable y peligroso como las entrañas de la tierra, era el espacio salvífico, la gloria por antonomasia, como lo es aún hoy, porque las simbologías son tozudas y atávicas.

El cielo y el infierno se representan siempre en trayectoria vertical. Si por un momento imitáramos aquellas representaciones de la Tierra que rompiendo las convenciones cartográficas seculares sitúan sobre un planisferio el hemisferio norte abajo y el hemisferio sur arriba, y representáramos el cielo en las hondonadas de la tierra, cerrado por paredes de roca y lleno de rincones oscuros, y el infierno arriba, entre nubes y resplandores cegadores, provocaríamos un descalabro de repercusiones catastróficas: el cambio total del orden establecido, la subversión radical en estado puro. Porque en nuestra simbología la salvación siempre está arriba, entre nubes, aire, luces y otros efluvios etéreos e inalcanzables. Y la perdición está siempre abajo, en las cosas corpóreas y concretas, en lo que se puede tocar, medir, probar, pisar, desear y poseer.

No sé si se trata de un artificio literario que añado en el momento de convertir las páginas vividas en páginas escritas, pero el gesto altivo del portero que, obediente al reloj y a las consignas recibidas, cerraba la puerta en las narices de los rezagados, ha quedado asociado en mi memoria a la imagen del Nerón cinematográfico que en Quo vadis? –un filme que se había estrenado hacía dos o tres años y que había circulado por los cines de barrio- encarnaba Peter Ustinov. Ustinov era entonces un joven actor que se había dado a conocer en 1940 con un filme de título elocuente: Mein Kampf: My crimes, aunque, entonces, yo no tenía ni idea de este dato biográfico.

Pues bien, el conserje/Ustinov/Nerón, cambiada por la bata gris del oficio la capa de terciopelo rojo y orlada de oro y sustituida la diadema imperial en la frente por las arrugas de la miseria, miraba retador la arena/calle donde el apuesto Vinicius, la desdichada Ligia y el valiente Ursus, esperaban que su egregia figura imperial, con un "portazo/movimiento-del-dedo-pulgar", dictara el supremo veredicto que los entregaría a la muerte o los devolvería a la vida ... Y es que el poder, tanto el que se ejerce arbitrariamente en beneficio propio como el que se ejerce por delegación del poderoso, tiene una enorme capacidad de redención de todas las miserias personales y colectivas, y es por eso que los totalitarismos encuentran tantos seguidores entre los miserables.

Sonaba el timbre e, indefectiblemente, con la mirada severa del que se entrega con abnegación al cumplimiento de un deber sagrado, nos cerraba la puerta.

En el patio, apenas en unos segundos, se hacía el silencio. Los poco más de trescientos alumnos, todos chicos, porque las niñas y las chicas entraban por una puerta diferente e iban a aulas separadas, se alineaban ordenadamente en filas de dos con los de su clase y trazaban en el rectángulo del patio unas largas líneas rectas paralelas de niños adiestrados, herméticos, silenciosos, rígidos y tiesos como los barrotes de hierro que en las viejas construcciones militares o en las cárceles cierran la vano de las ventanas ... Los maestros recorrían las filas y con pequeños, pero enérgicos, empujones, en los que descargaban quién sabe qué profundas frustraciones personales, corregían desviaciones milimétricas. Después, se colocaban al frente, de cara a su grupo de alumnos, y esperaban la señal del director que, de pie sobre los dos escalones que separaban el patio del vestíbulo de entrada convertidos en podio de grandeza para su insignificante persona, era la figura que sobresalía por encima de las cabezas alineadas. La inmovilidad absoluta densificaba el silencio opaco y plúmbeo. A veces un poco de brisa pasaba entre las ramas de la buganvilla, rompiendo el silencio con un temblor de hojarasca, y arrancaba algunas hojas moradas, que revoloteaban erráticas, como una lluvia hemática, sobre las filas de niños.

Esta ceremonia no duraba más de dos minutos. Pero la eternidad, que, privada de principio y de fin, no tiene duración, se concentraba en aquellos dos minutos. Si la vida y las personas, en lugar de ser materia, carne y hueso, fuéramos metáforas, habríamos visto, gracias a aquella lamentable puesta en escena, la figura del director ascender por los aires hasta las cimas más altas de la gloria seguido de la seráfica cohorte de sus acólitos batiendo las alas a sus pies -aunque probablemente le odiaban- y toda la multitud de criaturas convertidas en gusanos miserables a ras de suelo, entre el polvo.

Pero, éramos carne y hueso y nervios y corazón y sangre y ojos y pensamiento, y lo que veíamos era una presencia omnipotente, que nos atenazaba el ánimo y nos hacía latir el corazón con un ritmo frenético y angustiado, porque sabíamos que en cualquier momento podíamos ser castigados. De lo que estábamos seguros -lo habíamos descubierto con un penoso aprendizaje- es de que éramos culpables ... Y no tenéis que preguntaros de qué éramos culpables: éramos culpables de nada, culpables y basta. Culpables en abstracto. Culpables por definición, por naturaleza, por posición. Cuando alguien, con un gesto, con la mirada, con un toque de silbato, tiene potestad para dejarte clavado donde estés, mudo, ciego, inmóvil y con el pensamiento pendiente tan sólo de su presencia, sabes claramente que eres culpable... Culpable de no ser él, y esta es una culpa muy profunda, existencial, metafísica, porque nace de la imposibilidad de ser el Otro. En la tradición judeocristiana la culpa bíblica es precisamente esta, la imposibilidad de ser el Otro, y es por ello que el origen de esa culpa ha sido llamado desde siempre "pecado original".

Finalmente, el director, manos a la espalda, hacía chasquear los dedos y, cuando sonaba aquel sonido mínimo que se sentía en todo el patio, las filas se ponían en movimiento, empezando por los más pequeños. La señal del director no se acompañaba de ningún gesto complementario, ni del cuerpo, ni de la cara, ni de los ojos. Era un chasquido seco, breve, suficiente.

Fuera, en la calle, quienes no habían llegado a tiempo de entrar, formaban ante la portezuela un grupito apretado, los unos enojados, los otros atemorizados, algunos llorosos porque se sabían doblemente culpables, ante la escuela y ante sus padres, que también les pedirían cuentas por el retraso y les impondrían el castigo consiguiente.

A cada lado de la puerta de hierro, el silencio y la circunspección eran los mismos. Finalmente, a los que estaban fuera, el ruido de pasos ordenados les hacía saber que empezaba el desfile de los alumnos hacia las aulas respectivas. Y el silencio que les llegaba del patio y que hasta entonces había sido denso y lleno, se iba adelgazando poco a poco, hasta convertirse en el silencio resonante de los espacios vacíos.

Los alumnos entraban en el aula. A medida que empezaban a quitarse la ropa de abrigo y, con la bata puesta, iban ocupando sus puestos, se filtraba por las ventanas un alboroto incontrolado, una descarga de tensión que en el ánimo de quienes, en la calle, esperaban que se abriera la puerta, incrementaba la sensación de abatimiento y de fracaso. Al cabo de un par o tres de minutos, el golpe seco de la regla del maestro sobre la mesa se iba repitiendo indefectiblemente tras los cristales de todas las ventanas, y se hacía el silencio. Ahora, sin embargo, era un silencio irregular, que alternaba con el alboroto aquí y allá ... Pero, con poco tiempo de diferencia, de cada aula empezaba a llegar hasta la calle, como un eco amortiguado, la recitación coral de las oraciones de la mañana ... El padrenuestro, el avemaría, el gloria, se sucedían con una cantinela vetusta, arrastrada y contagiosa ...

Entonces se abría la puerta y el portero hacía un gesto a los alumnos que esperaban en la calle para que se pusieran en fila. Pese a la severidad del momento, la rigidez del portero se había ablandado y no se resistía a hacer algunos comentarios a veces indulgentes, a veces sarcásticos: otra vez tú ..., no aprenderéis nunca ..., si yo fuera tu padre irías más derecho ..., siempre los mismos ..., si tuvierais unos padres como Dios manda ...

Guiados por el portero, los alumnos seguían en fila hasta delante de la puerta del despacho del director ... Al cabo de un momento de espera eran interrogados sobre el porqué del retraso, se les reiteraban las admoniciones que hacían al caso y se les pedía el nombre -aunque, por conocido, no fuera necesario este trámite- y eran "fichados", castigados y amenazados con un castigo más severo si reincidían. Después, cabizbajos, iban a las aulas respectivas, donde los compañeros habían comenzado ya el trabajo de la mañana o de la tarde. Llamaban prudentemente a la puerta del aula. Pero, a menudo, la puerta no se abría. El profesor, probablemente molesto por la interrupción, o tal vez reclamando la parcela de autoridad que hasta ese momento le había sido usurpada primero por el portero y luego por el director, había decidido erigirse él mismo en juez del delito.

Cuando finalmente se abría la puerta del aula, al alumno o a los alumnos rezagados les ordenaba que se quedaran de pie junto a la pizarra, ante el resto de los compañeros, o alineados en la pared, sin apoyarse en ella, inmóviles, cargados con su cartera ... A veces, y según la edad, los hacían permanecer de cara a la pared. Finalmente, el profesor, los regañaba, los sermoneaba y, si el ánimo se le encendía lo bastante con el propio discurso, o debido a la reincidencia de uno u otro, o si consideraba que la falta de puntualidad de sus alumnos le comprometía ante la dirección, decidía aplicar una punición ejemplar. Y el alumno, antes de culminar ese pequeño calvario e incorporarse al trabajo, tenía que alargar la palma de la mano, o la mano con la punta de los dedos en piña, para recibir la penitencia de una palmetada como bálsamo redentor que tenía que salvarle de ser un desgraciado en el futuro.

Con un poco de suerte, no habían pasado más de veinte minutos o media hora cuando el alumno castigado se incorporaba al trabajo del aula. Es decir que el objetivo de aquella puntualidad rigurosa y toda la puesta en escena que la acompañaba no era el aprovechamiento del tiempo, ni la mejora del rendimiento escolar, ni nada que tuviera que ver con la educación...

Quizá podríamos decir que el objetivo era el cumplimiento estricto de la norma ... Pero, tampoco era eso. Era solo el ejercicio arbitrario del poder, el enaltecimiento de la autoridad gratuita, la alimentación del poder mediante el sometimiento..., y un puñado de cosas más cuyas razones profundas encontrarían mejor explicación en la psiquiatría social y la historia de la época que en mis recuerdos ...

En la pared del aula, sobre la pizarra, a un lado y a otro, los retratos de Franco y de José Antonio. Entre ambos, un crucifijo ... Las miradas del Jefe del Estado y del líder fascista atravesaban el aula, se cruzaban en el aire a mitad de camino y se perdían más allá de las paredes ... El Cristo de la cruz tenía los ojos cerrados, sin mirada, y la cabeza gacha ... De vergüenza.


publicado por Carlos Loures às 19:00
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