Quinta-feira, 20 de Maio de 2010
Mis Camelias-1
Raúl Iturra

MEMÓRIAS DE PADRES INTERESADOS
ENSAIO DE ETNOPSICOLOGIA DE LA INFANCIA

Nestes momentos tão conturbados da Europa, ofereço, a partir de hoje e durante nos próximos tempos, para o nosso sítio de debates com Carlos Loures, excertos do livro Mis Camélias, escrito em 2008, publicado em Monografias.com, Rio de Janeiro e Madrid. Uma abordagem do exílio forçado pela ditadura do Chile. Para que mais nenhum ser seja humilhado como nós, os Iturra González e milhares de outros chilenos, o foram. O texto está escrito na nossa língua materna, o Castelhano, onde vive a nossa memória dos adultos humilhados.
Pequeña nota de introducción

Comencé a escribir este libro cuando supe que mi hija adorada, Camila y Felix, nuestro yerno, iban a ser papás. La pasión no resultó. Ben nació el 10 de Mayo de 2008, vivió una hora y se durmió para siempre. Otros vendrán, como sabemos, pero Ben Iturra Ilsley será solo uno. Es la razón por la cual hablo solo de la familia. Todos los otros acontecimientos, están en otro libro mío, Para Sempre, tricinco. Allende e Eu. El amor a mi hija y a mi yerno, el gran respeto que me inspiran, me han llevado al silencio de la escrita, una vez más. Es mi regalo y mi dádiva para Ben, que nos ve desde la eternidad, libro que sus padres leerán cuándo puedan o quieran. Lo escribí en Castellano, mi tercera lengua, porque siempre quise ser llamado por Ben y sus futuros hermanos, El Abuelo.

Con todo amor y cariño para mi Camila, Felix y Ben, por esa alegría de vivir en el medio de las más desastrosas tristezas. Ben vive en las emociones de ellos y de toda su familia. El hijo no se ha ido, entró dentro de nosotros, como ya habían entrado nuestras hijas Camila y Eugenia, nuestros yernos Felix y Cristan y nuestros nietos Tomas Mauro, Maira Rose y Ben.

1. -Día de sol

Raramente hay sol en la Gran Bretaña. Raramente, porque la isla tiene un permanente nublado que nos hace tiritar de frío. El verano, es siempre con lluvia.Ese día de Abril de 1975, era un día especial. Comenzaba la primavera, o, talvez, la primavera estaba comenzada. La primavera inglesa es siempre húmeda. Buscamos el sol al que los latinos estamos habituados, para quedarnos sentados, calmamente, bajo el primer rayo de luz que aparece. Rayos de luz que podían ser de diversas maneras: los del sol, y los del alma. Ese Abril 4 de 1975, era el día de las dos luces. Mi alma brillaba. Brillaba en el aeropuerto donde esperaba a mi familia, la llegada de mi familia, después de una larga separación. Cuando esperaba la llegada del avión trasatlántico, esos que aterrizan siempre fuera de Londres, en Gatwick, iba recordando. Recordaba el nacimiento de nuestra primera hija. Esa heredera que siempre pensé sería el hijo que siempre esperaba tener y que perdimos, Diego. Recordaba como había prohibido a las mujeres de la familia, que en los años 60 del Siglo XX, habitualmente tejían las ropas que el bebé esperado iría a usar para su nacimiento y sus primeros meses de vida. Era también el tiempo en que la distinción no era de género, era sexual: había niños y niñas. Hoy no es así. Todos los seres humanos somos apenas personas. Sea el que fuera el deseo de sus afectos, y en cualquier edad. Personas pequeñas, personas adultas, personas que lloran, personas que, por causa de su edad, no muestran su dolor en público. Y, en cuanto esperaba, iba recordando.

El primer recuerdo, en esa mañana de sol de mi alma, era que había prohibido en casa tejer ropas de color de rosa, una de las variadas colores de las camelias. Y reí sólo, porque había tres personas, tres señoras a tejer todos los días: mi suegra, mi cuñada y la madre de mis hijos, nueva y linda en los años de nuestra juventud. Tan linda, como en el día que me enamoré de ella. El bebé que esperábamos era resultado de esa unión apasionada. De esa unión que transcurría en la intimidad de nuestra habitación, en cualquier sitio. Sonreí al recordar esa pasión. En la espera, me enamoré más, quedé más apasionado y más desesperado porque el avión nunca llegaba. El amor y la pasión demoraban.

Mi pensamiento voló para otro rincón de nuestro salón. Todos sabían las horas en que el señor de la casa aparecía. De mañana, temprano, me iba a la Universidad a enseñar y pasaba el resto del día en mi oficina de Abogado. Un día, aparecí antes, subí las escalas hasta nuestro departamento, nuestra casa, en la calle que lleva al mar, y observé que mi suegra rápidamente escondía un bulto dentro de un paño blanco. Antes de saludar, me aproximé a esa querida señora y pregunté qué escondía. La respuesta fue, con una sonrisa simpática: "nada, pues hombre, como voy esconder cosas en tu casa", pero, curioso y casi como a adivinar lo que ahí estaba, me apresuré a pegar en el famoso bulto: un traje color de rosa. ¡Quedé humillado!. Rápidamente dije, ¿no se recuerdan que en esta casa no hay trajes color de rosa?, Si fuera azul o blanco, otro gallo cantaría... Pero... rosado... mi nuevo hijo, ¡ni piensen!. Estoy seguro que nacerá un niño y se debe llamar Raúl, por mí, por mi padre y por mi suegro. Sonreí en cuanto recordaba. Eran los tiempos en que era imposible saber el sexo del bebé antes de verlo materialmente. Sonreí aún más, al recordar el nacimiento de ese, para mí, nuestro nuevo hijo. Mi mujer y yo éramos muy modernos e hicimos juntos un curso para preparar el parto y saber relajar el cuerpo de mi mujer, que debe estar elástico para dilatarse. El mío también. Debo confesar que yo estaba lleno de miedo. Adoraba a mi mujer. No quería que nada pudiera herirla, lo supiera o creyera ella o no. Era más bien por eso que iba a los cursos, para acompañarla. La mimé, fui más cariñoso que nunca, la acariciaba, la besaba, besaba su estómago, como quién besa al bebé, ese secreto del Siglo XX... Hasta descuidé mis trabajos para estar siempre con ella. Comenzaron los tormentos, sin embargo. El de ella, que solo quería comer almendras y allá iba yo a comprar las famosas almendras que hasta el día de hoy, yo como. En nuestro país real, estos actos se llaman antojos, es decir, yo quiero que, no me gusta tanto, me carga, y otras ideas que aparecían en la cabeza de la mujer embarazada que no tiene otra cosa para hacer que cuidar de sí misma. Mi mujer, antes de nuestro matrimonio, trabajaba y ganaba buen dinero, más de lo que yo. Mi hábito era nunca cobrar a los más pobres en mi buffet de Abogado, pero cargaba la mano pesada cuando una persona de la familia aparecía con un caso para investigar y llevar a tribunal. Especialmente al hermano de mi abuela, la madre de mi madre, que tenía más dinero que pelos en la cabeza, y era muy... cabelludo. Ese Casto Carretero Grajera-Molano. Ese amigo de su vecina Eugenia de Montijo, Condesa de Teba en Badajoz, ese amigo de Isabel Wittelsbach, de Austria o Hasburgo. Cada vez que aparecía, lo que yo le cobraba, me ayudaba a pagar la renta del bufete. Y aparecía mucho. Era el protector de la familia. Quería que todos sus nietos, sobrinos nietos e hijos, hicieran tanto dinero como él había hecho.

El avión nunca más aparecía. En esos años, los aviones eran muy demorados, debían parar en varios aeropuertos para abastecerse de gasolina. Así conocí las Islas Canarias por la primera vez, en mis 20 años, mucho antes de ir allí a dar conferencias a la Universidad de La Laguna, en los años ochenta del Siglo XX, en el auge de mi carrera académica, científica y de investigador. Dejaba los recuerdos, miraba la hora, la luz del sol iba bajando. Fue cuando recordé que un Domingo 24 de Junio, pleno invierno en Chile, ese que no se siente a la orilla del mar, mi mujer comenzó con contracciones. Llamé de inmediato a la clínica, ya contratada, la de Miraflores en Viña del Mar. Dijeron que no había causa de alarma.Era normal tener contracciones días antes del bebé nacer. Pasamos una noche muy asustada. Muy temprano de mañana, fuimos a la clínica, nuestro ginecólogo la auscultó y dijo que aún faltaban horas para el nacimiento. Nos hicieron volver a casa. En mi impaciencia, que es muy grande, me gusta tener todo antes de la hora, tenía rabia. Para calmarla, fui a mi oficina, hablé con las personas que debía, hasta que una grande amiga y vecina de edificio, Liliana Aravena, me recordó: "Raulito, tu mujer... Lo recordé de inmediato. Mi problema siempre fue que, cuando estoy en una cosa, no puedo entrar en otra al mismo tiempo. Me levanté y volví a casa, llevado por mi amigo de la vida, mi hermano adoptivo, Francisco Vio Grossi. Mi mujer estaba calma y tranquila, pero con contracciones muy fuertes, ese lunes 24 de Junio. Dije que no íbamos a la clínica de inmediato. Eran los tiempos en que los hombres teníamos poder de mando. Poder abandonado voluntariamente por mí. La fiesta había comenzado. O eso me parecía. Para mi mal humos fuimos devueltos a casa. Aún no era el tiempo. Más una noche sin dormir. Pero el Martes 25, nos dejaran. ¡El bebé iba nacer...! ¡Finalmente íbamos a saber si era el niño que yo esperaba! O no. Momentos en los que no pensaba ni me importaba en el sexo de la criatura. Simplemente, no pensaba. Gemía. Gemía junto con mi mujer, imitaba sus quejidos, parte de las clases que habíamos tenido, imitar los quejidos de la mujer para que no se sintiera sola. Las horas pasaban. Las contracciones eran leves. Recuerdo haber dicho al médico que si eso era parir, estábamos prontos para el otro bebé. Claro que era yo quién hablaba. No tenía dolores. Apenas miedo. No sabíamos que al comienzo las contracciones eran leves, fáciles de soportar. Más tarde, cuando el baile comenzó, me arrepentí de las palabras dichas. No recordaba las instrucciones. Dar a luz, es el más fuerte dolor que alguna vez observé y sufrí con mi mujer.. Sentí culpa. Mi mujer no quería aún hijos, pero tuvo que confrontarse con mi deseo de ser papá y aceptó. Ese empujar de una maternidad, era parte de mi sentimiento de culpa.

Recuerdo esto, para distraerme a la espera del avión, de ese avión que traía un regalo para mí. No solo la familia conocida, traía también la familia desconocida, el otro bebé que había nacido en Chile, cuando yo ya estaba en Inglaterra. Ese bebé desconocido para mí y que me moría por ver. Era el bebé resultado de una tercera pasión, bien más arrebatadora que la primera. Era mi ansiedad...

El sentimiento de culpa acabó cuando el bebé, tirado por fórceps, nació a las 5 de la mañana del 26 de Junio. Oí la voz del médico decir: bueno, es un cuarto para las cinco, es mejor fijar la hora en números redondos, vamos escribir a las cinco de la mañana. Y así fue fijada la hora del nacimiento. Una hora que debemos saber exactamente. Mi mujer dice que fue a las seis de la mañana, yo porfío haber oído al médico decir a las cinco. Gloria insiste que sabe más porque ella estaba ahí. Mi respuesta es siempre la misma: estabas, pero estabas anestesiada. ¡La discusión ha durado cuarenta años!

Siempre he pensado que a las mujeres que dan a luz, hay que permitir un gran margen de verdad sobre la historia que narran: esa es la hora de ella, bueno, no hay nada más que decir. O, talvez, que al volver de la anestesia, me preguntaba, una y otra vez: Raúl, ¿qué fue, niño o niña? Y yo, en mi ternura, le decía la verdad: fue niña, ella sonreía e volvía a adormecer por causa del cloroformo. Volvía, media hora después a preguntar. ¿Raúl, fue niño o niña? Santamente y con cariño y besos: fue una niña, mi amor. A la tercera vez-siempre hay una tercera vez, como el gallo que cantó a San Pedro después de negar que era amigo de Jesús, por temor a las represalias, tres veces negó ser amigo de Jesús... y el gallo cantó, como había sido predicho por el Señor Cristo. En la maternidad, no quería armar Cristos, de forma que cuándo mi mujer preguntó que si era mujer, podía o no ponerle aros. En mi desencanto de ser niña y no niño, busqué una tabla de salvación y dije que si, si era en la nariz o en los labios... Es decir que no, replicó mi mujer. Las dos enfermeras que teníamos saltaron y dijeron: ¡Don Raúl! Su mujer tuvo a su hija, sufrió mucho, tuvo que ser rasgada y Ud., como machista que parece ser, ¡dice que no a los aros! ¡Mímela, dele el gusto! ¿Qué iba a hacer yo frente a tanto mujerío en defensa de la mía? Mi machismo cayó, con agrado de mi parte y dije, lo que quiera, m"hijita. E hice bien.Llamé por teléfono a mi padre y a mi cuñada, llegaron a las 8 de la mañana los dos, mi padre con aros de brillantes para nuestra hija, mi cuñada con aros de oro. Tuve que tragarme el sapo que sentía en la garganta, ni que fuera un concilio de piedra enfrente de mí. Hay costumbres y costumbres. La mía, estaba perder.

Maldito avión, ya ni luz hay ahí afuera y nunca más llega... Pensando mejor, ¿será el avión que no llega lo que me da rabia, o los recuerdos del nacimiento de nuestra hija y mi machismo desgarrado? Más tarde iba a escribir un ensayo para mi periódico, cuyo título es: "Mujer a crecer, machismo a temer". Descargas, talvez, del pasado ya vivido, pero nunca olvidado, talvez en mi conciencia, pero archivado en mi memoria. La rabia debe ser del avión y de las memorias, todo junto. Cuando la ansiedad nos gana... inventamos cualquier subterfugio para organizar las culpas y quedar de ánimo leve.

Las horas pasaban, la luz de día estaba sólo en mi alma, fuera del aeropuerto estaba a declinar. Los recuerdos son que pasamos una tarde calma, con una suegra a llorar porque había sido, con mucho dolor, madre de dos hijas y no gustaba de ver sufrir a su más regalona, la hija más joven y casada, la hija en quien había puesto todas sus esperanzas maternales. Mi madre jugaba el juego del pavo: ella nunca había tenido dolores, que su hija segunda era muy rápida, su hermana Ana Luisa despachaba en media hora a los hijos, a los cinco hijos que había tenido y otras hierbas de olor nauseabundo. Mi padre, nervioso -era costumbre en esos tiempos que toda la familia más próxima estuviera con la parturienta-, comenzó a fumar. Pensé: esta es mi ocasión de despacharlos a todos. Con mucha amabilidad les dije: Papá, acá no se fuma, mamá, acá no se habla tanto, además, mi suegra está a sufrir, llévenla a casa y busquen consuelo entre Uds., porque tenemos mucho trabajo enfrente de nosotros. Y los acompañé dulce, pero firmemente, a la puerta de la Clínica. Corrí de vuelta a la habitación que tenía sala y cuarto, y dije, ¡por fin estamos solos!, Como debe ser. Mi mujer, testaruda dijo que su madre por lo menos podía haberse quedado y no estar sola en nuestra casa, con la servidumbre. Yo dije: ¡va! Y levanté los hombros. El hijo es nuestro y tenemos que acompañarnos para acostumbrarnos a criarlo, aun convencido que iba a ser hombre. El baile siguió en Adagio Cantabile. La dilatación también. Gloria y yo luchamos, juntos, quince horas. El Dr. Del Valle, nuestro ginecólogo, la llevó al quirófano. Pedí entrar. En esos tiempos no era permitido, dijo nuestro médico, se puede desmayar al ver la sangre de su mujer. ¿Qué hago con dos enfermos en la sala de operaciones?. Paseé y paseé, hasta oír la voz de "vamos fijar la hora redonda de las cinco de la mañana", salió una enfermera a correr con un bulto en una frazada, mandé parar y dije: "Lo que lleva ahí es mi bebé y quiero conocerlo", ella paró, abrí con cuidado la frazada, vi la cara y dije: "Ah, es igual a mi suegra", la enfermera me preguntó: ¿Y no quiere saber si es niño o niña? Respondí, para qué, si es igual a mi suegra, es niña. La enfermera se rió y dijo: ¡caramba, cuánto sabe! Corrió con nuestra hija para un sitio más caliente. Fumé. Trabé amistad en la espera con un oficial de la Armada, cuya mujer estaba a la espera del segundo hijo de ellos. Estaba sólo como yo. Nunca más nos vimos. Eran las horas de las confidencias entre hombres que van a ser papás y están sin familia. ¡El primer bebé, una hija!. En esos minutos estaba feliz de todas maneras, feliz de tener un hijo, no me importaba si era mujer o hombre, feliz de haber pasado por los dolores, feliz de haberme recuperado de los dolores de parto que, ya me había advertido el chofer del papá, los hombres sufrimos cuando nuestras mujeres están embarazadas. Feliz de estar libre del psicoanalices que tuve que efectuar, porque tenía ataques de hipoglucemia, frente a la enorme responsabilidad de tener familia. Feliz de tener...un descendiente. ¡Feliz de tener a mi mujer convertida en mamá! Y de hacer abuela a mi suegra, su primera nieta, con la que se entretuvo siempre. Esa hija llena de pelos por todo el cuerpo, resultado de haber sido un feto hasta pocas horas antes. Pelos que cayeron todos en su segundo día de vida y quedó como es hoy, como su madre: muy blanca-pálida y las mejillas rojas. Me divertí mucho el día en que vi a mi madre y al tío de mi mujer, observando un bebé en la sala cuna de la Clínica y decir: "Mira Florita, la cara es igual a la de mi hermano" decía el tío Higinio, y mi madre, en su prudencia, decía: pero las manos son de Raúl, mi hijo, no mi marido. ¡Que suerte que fuera niña! Había tantos Raúles ya en la familia, que otro más, seria un desastre. Me reí callado, me acerqué a ellos y les dije: "Mis queridos, están a mirar al bebé errado, ese es un niño, nuestra hija está... allá... a cinco cunas de diferencia..." Me divertí mucho, pero ellos no quedaron achunchados[1], encontraran las mismas características, ahora, en nuestra hija. Bueno, los crios son todos iguales cuando nacen: son fetos a comenzar a vivir una vida independiente. El Jueves 27, con mi eterno amigo Pancho Vio, la fui a inscribir al registro civil de Viña del Mar. Gloria había decidido que se llamaría Eugenia. Tal como con los aros, ni repliqué, la inscribí. Solo que, antes, me fue solicitado por la Oficial del Registro, un segundo nombre, pregunté por qué, y dijo que así era mejor, aunque haya pocos Iturra, podía ser confundida con otra en su vida adulta. Me viré para Pancho, y le dije: "Vamos a hacer una honra a mi cuñada: el segundo nombre será Eugenia, nombre de la bisabuela por parte de mi mujer, y de la hermana de mi mujer" Y quedó Eugenia Eugenia, que, hoy en día, es llamada Dr. van Emden... No hay más lugar a dudas...
¡Era una nube! ¡Apareció el sol!. Es el avión que debe haber aterrizado... y corrí como loco al sitio por donde mi familia venia. Como siempre, acompañado por Pancho, ese campeón. Y corrí a mi mujer, a Eugenia, y con delicadeza... tomé en mis brazos el pequeño bebé, que tenía el nombre de Camila, esa mi otra Camelia y me olvidé de todo... Nunca la vi nacer, tenía que recuperar el tiempo perdido. Era, era, era... igual a mí... era Iturra, tanto importaba lo que fuera, era mi hija. Finalmente en mis brazos, después de esperar tres meses para conocerla... El sol iluminó la escena toda. Mi alma quedó grande, la besé, lloré en su cara, besé a mi mujer, tomé a Eugenia en mi otro brazo. Por discreción, el miembro de la Embajada de Gran Bretaña que nos recibía por orden de la Ministra del Desarrollo de asuntos de Ultramar, en inglés Ministry of Overseas Development, en esos años, Dr Judith Hart[2], más tarde Dame Judith Hart, quien falleció de la menara que narro en la nota siguiente[3], después de ser creada Baronesa por la Reina Isabel II, esperó lo que fue necesario, antes de me recordar que debía firmar una serie de papeles. Con una camelia en los brazos y la otra en la mano, firmé todo sin leer. Mariana, la mujer de Pancho, estaba a nuestra espera en la casa de ellos, en Sussex que fue la nuestra durante casi seis meses. Vivíamos todos juntos, hasta yo encontrar una casa en Cambridge, lo que demoré mucho, talvez de propósito. ¡éramos tan felices todos juntos! ¿Por qué? Ya voy a decir. Esta segunda hija, casi seis años más joven que la primera -Gloria diría: "cinco años y seis meses, para ser exactos" Bueno, no gustaba de los debates y desacuerdos, tenía un ideal de familia como las nuestra de pequeños: sólo cantos y risas y alegría y hacer turno para ver quien trataba del bebé si lloraba en la noche. Allí donde Eugenia era muy callada en las noches, que Gloria y yo hasta la despertábamos para saber si estaba a dormir o... muerta... esas estupideces de padres jóvenes, Camila era un bebé llorón, de día y de noche. ¡Ni dormir nos permitía!. Estoy seguro de que esas mañas de Camila, inspirara a mi idea, años más tarde, para escribir un texto que se llama: "La dominación de la infancia", y otros, como ese que tiene por título"Los hijos son el tormento de los papás", escritos en otros idiomas, claro, pero hago una traducción espontánea, para expresar mis sentimientos. Sentimientos que, no sabía en esos días, iban a ser expresados en libros que iba a escribir sobre la infancia, más tarde en mi vida.

Camila era un bebé llorón, pero era también muy divertida. Parece, por lo que ahora ya más viejo sé, que lloraba para llamar la atención. A sus seis meses y ya en nuestra casa en Cambridge, lloraba y nosotros, los papás, corríamos. Había aprendido es maña, porque para los sin familia alargada, nuestra pequeña familia era un lujo que cuidábamos con mucho cariño. Camila nos veía aparecer y sonreía, estiraba los brazos y, contra la opinión de mi mujer que decía que lo que yo hacía era aumentar su maña, la tomaba de inmediato en mis brazos y le cantaba, ponía su cabeza en mi hombro, su cara blanca con mejillas sonrosadas contra mi cuello, y la paseaba por el jardín de nuestra primera casa en Cambridge, esa de 315 A Chesterton Road. El jardín era lindo, la quinta era muy grande, con muchos árboles, donde Camila comenzó a dar sus primeros pasos. Como había hecho con Eugenia, en sus nueve meses y en nuestra casa de Londres, de Ensfield Road, al final del norte de la línea de Metro Picadilly, cerca del palacio Real de Enfield, donde, cuando era hija bastarda del Rey Enrique VIII, pasó su infancia la futura Reina de Gran Bretaña, Isabel de Windsor, o Isabel I, en compañía de sus hermanos, también despojados de sus títulos de príncipes, Mary e Eduardo, que fueran reyes por corto tiempo, excepto Elizabeth, por cincuenta años. Casa que Gloria, Eugenia y yo, acostumbrábamos visitar y en donde Eugenia comenzó a caminar en sus primeros nueve meses de vida. Camila, en nuestra casa arrendada de Cambridge, también comenzó a dar sus primeros pasos en ese inmenso jardín. Fue la sorpresa del día. Llegué a nuestro hogar más temprano que lo habitual y Gloria, siempre recluida en casa por causa de las niñas, me dijo que me tenía una sorpresa. Era que Camila... caminaba... con el ánimo que le daba la mamá. Ella dedicaba todo su tiempo a Camila, y yo, de mañana o de tarde, la llamaba por teléfono para acompañarla en su soledad de madre, muchas veces me escapaba temprano, para estar con la familia.

Pero eso fue más tarde, porque antes, estábamos en la casa de los Vio, en Essex, al Sur de Inglaterra, en una casa inmensa, muy grande y fría en el Invierno, que Mariana había contratado con el Municipio (Council, en inglés) de Essex, cuando la estadía de ellos en el lujoso Departamento de la Universidad de Essex, llegaba a su fin. Antes, traté con el World University Service una estadía de Pancho como Visiting Professor de Essex, para enseñar Ciencias Políticas, con Osvaldo Sunkel, para después hablar con el mismo servicio académico universal de Gran Bretaña, y obtener una beca para Pancho hacer su doctorado en Sussex, al mismo tiempo que yo lo hacía en Cambridge. El trato se cerró antes de acabar el convite como Visiting Profesor. Pero..., ni Osvaldo ni Pancho podían hablar mucho, porque no sabían inglés. El interés que yo tenía en sus triunfos después del descalabro de la Vía Chilena para el Socialismo de Allende y de la mayoría de la población chilena- ya éramos el 53% de la población cuando el Señor Presidente fue asesinado y acriminada la Vía Chilena Socialista- iba todas las semanas para dictar, en inglés el Seminario de Pancho y me quedaba en casa de ellos, abandonando mi suntuosa suite de mi Facultad o College Trinity Hall de nuestra Universidad de Cambridge,- de la que soy Senador hasta mi muerte- para pasar con ellos el fin de semana. Los Viernes, una alegría anticipada, los Sábados, éramos felices, y, los Domingos, ya no tanto: yo partía los Lunes de vuelta a mi trabajo de Cambridge y a mi palacio de la Facultad Trinity Hall, donde tenía un Buttler, o criado, que trataba de mí, mi ropa, preguntaba que ropa iba a usar ese día, me vestía, me leía la lista del desayuno, a las ocho de la mañana, para escoger lo que quería comer, desayuno inglués que me traía a mi suite, cuando no tenía ánimo de ir al comedor, junto con el periódico The Guardian. En mi suite, mis noches eran duras, dormía mal y no conseguía estar despierto muy temprano en la mañana. Pero, es la parte de mi historia, no la de nuestras hijas, a la cual vuelvo.

Camila caminaba en Cambridge y la paseábamos por el jardín. Esa habilidad aprendida, como Eugenia en Londres en su noveno mes de edad, por irnos a Edimburgo, Camila la perdió en su undécimo mes, al irnos a hacer trabajo de campo en Galicia, pocos días antes de completar un año de edad. Era como el caso de Eugenia, comenzó a caminar en Londres, en nuestra casa de Ensfield Road en 1969, habilidad perdida, pero recuperada en Edimburgo, en Escocia, donde yo iba a cursar mi primer Maestrado en Ciencias de la Educación y Antropología. Eugenia comenzó a gatear, como antes, en Viña del Mar. Talvez, nuestra falta de seguridad, por estar solos y sin familia, se haya transmitido a Eugenia, como ahora sé en la teoría y en la práctica realizada con otros niños a lo largo de mis investigaciones. Hay una transferencia de emociones negativas de padres a hijos cuándo los papás no saben muy bien qué hacer. Los hijos, cuyo único mundo son los papás, acaban por recibir esa inseguridad de sus adultos, como pruebo en otros libros míos, que no es el caso referir ahora.


publicado por Carlos Loures às 15:00
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