Terça-feira, 25 de Maio de 2010
Mis Camelias-6
Raúl Iturra

Las emociones pueden ser muy frágiles y muy poco culturales, eventualmente. En una parroquia pequeña, devota de la Iglesia Católica, acontecen relaciones conocidas por todos, pero nunca dichas o comentadas, o, entonces, comentadas en silencio con un picar de ojo y entre personas de confianza. Era el problema de mi amigo, quién normalmente desparecía un día entero y volvía a casa feliz y sonriente. Más de una vez lo acompañé a su aldea de nacimiento, y pude observar sus reacciones frente a otras persona, el fuego de su mujer se había apagado, llegué a la conclusión, porque el fuego de mi amigo ardía de otra manera, de una forma que él entendía y su mujer, no, ni quería saber. Del asunto nunca más hablamos, hasta encontrarlos otra vez en mi citado reestudio de la Parroquia de Vilatuxe, que a nada llevó, excepto a saber que Mariflor tenía una casa de lujo. Su madre había muerto, su padre estaba viejo y con la mente perdida. Mariflor usó su nuevo poder adquirido para realizar las obras que ella deseaba hacer en su casa. Bien me recuerdo del día en que nos enseñó, a Gloria y a mí, su casa por fuera, ella no aceptaba la realidad de ser de la vida rural y tener una casa de piedra. Gloria y yo nunca fuimos convidados a entrar, Mariflor admiraba la forma en que Gloria había arreglado nuestra casa rural, para nosotros una casa pobre, pero para ella, con el ansia de tener todo nuevo, todo pintado de blanco dentro de casa, paredes, techo, puertas color chocolate, rascuñadas con un instrumento de metal, los manteles de mesa en batic", era una novedad para nuestra amiga. En mi reestudio, observé que había convertido la casa de piedra antigua, en una fortaleza preciosa y muy bien decorada, toda pintada de blanco mate, con cortinas de velo, sobre cortinas de blanco amarillo y el piso todo alfombrado con tejido de lana con pelos blancos. Era como entrar en una casa japonesa: yo me reía por dentro, estaba todo copiado de los gustos de mi mujer, de los que ella había anotado todo y así rehizo su casa. Me reía, decía yo, porque cuando llegué a almorzar, antes de saludarme, corrió y me dijo: "espera, espera, espera", agitando las manos, pensaba yo de alegría por ver, 24 años después, a un amigo íntimo. Pero, ¡ay de mí!, No, era para pararme en la puerta, descalzarme los zapatos, sucios como estaban con el natural barro de greda de la calle siempre mojada por la eterna lluvia gallega, calzarme unas pantuflas, tirar mi poncho chileno, y, ¡señor lector, no puedo dejar de reír cuando escribo esto!, Sentí que era condicionalmente bienvenido. Mariflor había invertido su ardor en... arreglos de casa aprendidos de mi mujer y sus elegantes amigas de Santiago de Compostela, que tenían casas de palacio... Cuando Manolo llegó a almorzar, saludó con respeto pero con un ojear distante: había problemas en la escuela al quejarse los padres de los niños, estudiantes de Manolo, de no estar muy atento a su crecimiento, o que interfería mucho en el crecimiento de los jóvenes, quejas que causaban problemas para él y para los vecinos, que los habían aislado, porque el Maestro no sabía enseñar o sabía mucho y decía lo que no era conveniente y adecuado a esos jóvenes, y por el llamado nariz respigado de Mariflor, que no hablaba con sus vecinos. Después de una hora de almuerzo, dónde todo me era preguntado, volví a casa para descansar, mis hospedes Medela me contaron historias de esa pareja que, por simpatía para ellos, no cuento, para que el papel no se rasgue de tanta vergüenza. Fue esa historia que me llevó a diseñar mi propia pedagogía y mi relación con nuestras, como se dice en lengua luso-galaica, catraias o hijas. Fue lo que me hizo pensar que debe haber una cierta distancia entre las intimidades de los más jóvenes y las nuestras, aunque sean nuestros hijos.. Nos vimos dos horas, con un hombre muy envejecido, el padre de Mariflor, José Gonzáles, con el apodo de El Barrocal, que nos regalaba leña en los años setenta para calentar nuestra fría casa, visité la habitación del segundo piso, donde Manolo había sido segregado a una habitación solitaria, y nunca más los vi. Esos amigos que, prácticamente, vivían en nuestra casa en los años 70, que nuestras mujeres salían juntas para Compostela e nosotros, para las aldeas que Manolo me explicara siempre. Talvez, era conveniente e adecuado decir que aprendí no apenas esas ideas de intimidad y distancia, bien como pensé que debía evitar amigos de conveniencia.


Bien, el desgarro del texto ha sido grande. Aún no he llegado al relato final de la meningitis de Eugenia. O, talvez, quiera evitarlo. Me siento... culpable... El trabajo era mío y quién estaba a pagar por la investigación, era nuestra hija mayor, porque Gloria ya estaba habituada a nuestra forma de vida en la aldea y no quería irse de vuelta al Reino Unido, en el día en que debíamos partir. Es evidente que la enfermedad de Eugenia atrasó la partida. Pero no causó alegría en ninguno de nosotros el hecho de demorarla, por causa del motivo de la tardanza. Aún más, debíamos partir porque, como he narrado en otro libro mío, tenía un pasaporte temporal, de corta duración, dado por el ciudadano Español, Cónsul de Chile en el Puerto de Vigo, por simpatía para nosotros, perseguidos como estábamos en todo el mundo, por la Dictadura de Chile. El Cónsul que había sido Republicano en sus tiempos, otorgó una visa de dos meses, en Noviembre de 1975, que expiraba a finales de Enero de 1976. Y la enfermedad de Eugenia fue en Noviembre. Nos sentíamos acosados por todos los sitios. Cuando reparé en la enfermedad de Eugenia, fui de inmediato a nuestro pedíatra de Lalín, quien nos dijo que no debía ser nada. Yo insistí mucho, relaté con el mismo fervor que había hablado en el Hospital de Edimburgo sobre el envenenamiento alimentar de Eugenia, pero un tuve éxito, el médico ya estaba habituado que por todo o por nada, estábamos en su consultorio. Me dijo que me fuera a casa o llevara a la niña, a las dos, porque si era lo que yo decía que parecía ser, una meningitis, había peligro de contagio para nuestra hija más pequeña. Repliqué de inmediato que por causa del frío, no las podía llevar a la calle, él, irónico, dijo que si era como yo decía, mucha fiebre, la nieve haría bajar la temperatura. Como no tenía alternativa e era un Viernes y los médicos no trabajan durante el fin de semana, me sentí desesperado y las fui a buscar. El médico las revisó, dio su diagnóstico y decidió, en su médica sabiduría, que la niña tenía solo un catarro con otitis. Nada contento, volví con ellas a nuestra casa de la aldea. Esa noche fue en vela. Eugenia paseaba sonámbula por la casa, con nosotros sin saber qué hacer. Después, comenzó a dormir y tenía el cuello tieso. De madrugada, ese Sábado que nunca olvidaré, fui a correr al médico, ya estaba a preparar todo para volver a su casa de Compostela, pero al oír mi relato, dijo: "Bueno amigo, yo lo llevo, su casa, me queda en el camino a Santiago". No abrí la boca para que no se fuera a arrepentir. En vista de mi silencio, él fue cantando y yo, muy herido con todo, ni lo miraba. Bajamos en casa, entró, mal vio a la niña en la cama, la auscultó y dijo: "Joder, Ud. tenía toda la razón, parece ser meningitis, el problema es saber el tipo, si es de bacteria o de virus y sólo será posible saber si vamos a la Clínica y es allí analizada. Hay dos tipos, la que mata y la que lesiona, es decir, de batería o de vírus". Yo tenía todo, excepto dinero. Pero nuestra hija, como hace cantare Mozart en su Ópera Cosi fan tutte[81] que las personas amadas por nosotros, valen un Perú, es decir, una referencia a la estimada riqueza de oro de la hoy República del Perú. No pensé ni un minuto, pregunté cuál era la mejor Clínica de Compostela. Era, por supuesto, La Rosaleda, la mejor y la más cara. Pero los padres no nos fijamos en gastos en estos casos, por la que a La Rosaleda, nos dirigimos de inmediato. Para no quedar solos, llamamos a nuestros amigos Xosé Manuel Beiras y, en ese tiempo, su mujer, Teresa García Sabell. Corrieron a la clínica. Xosé Manuel decía: "Es que no es posible, no puede ser. La meningitis es endémica en Galicia y justo tenía que acontecer a la familia más sacrificada, mas entregada a la investigación de campo, eso que nosotros nunca hemos podido hacer", y, con desesperación, se paseaba por los corredores en cuanto la niña era examinada, agarrando la cabeza con dos manos. De padre sufriente y acongojado, tuve que pasar a ser amigo que apoyaba, marido que apoyaba, paciente que apoyaba a un médico arrepentido por no haberme creído a tiempo, por haber desconfiado de nosotros. Ese apoyo me salvara de perder la cabeza y de entregarme, yo mismo, a la desesperación, porque, desesperado, eso estaba yo. Sabía también que un padre que pierde la cabeza nada puede hacer, ni salvar a su hija, que era lo que pretendíamos. La meningitis había sido adquirida por Eugenia en sus costumbres de jugar con sus amigas entre las vacas de los establos, o cortes, como se dice en luso galaico, y que los gallegos republicanos y contra Franco, aún vivo y dictador, hacían bromas: "Las cortes de Franco tienen...vacas y están llena de bostas". Tenía la esperanza de que fuera una meningitis bacteriana e no viral. La bacteriana es curable, la viral deja secuelas o mata.[82]. ¡Nunca en nuestra vida habíamos estado pendientes del color,excepto en el batic´ de Gloria, como esta vez, de una enfermedad! Si el líquido raquídeo era negro, entonces era viral y mata; si el líquido fuera blanco, era de bacteria, posible de curar de inmediato. Cuando Angel Pensado el médico salió del quirófano, donde estaba Eugenia, ese sitio que, en la infame práctica de los médicos no nos dejan entrar para estar con las personas que más amamos, dijo por suerte el líquido es de color blanco... Como en el nacimiento de Eugenia, que no me fue permitido entrar al quirófano de dar a luz, como he referido en otros libros míos. Cuando Ángel salió, decía, venía aliviado: el líquido era blanco, era bacteria que, con penicilina sódica, podía ser curada. ¡Bueno, bueno, bueno! La niña estaba a ser salvada. Como es posible imaginar, no abandoné ni un momento a nuestra hija. Nuestra suerte era que mi hermana Blanquita, mi cuñado Miguel y la hija de ellos, Alejandra, de tres meses, estaban en nuestra casa de la aldea, para cuidar a nuestra Camila, que no podía entender en sus cortos año y medio de edad, lo que pasaba en casa, por qué los papás no estaban, especialmente su Daddy, o así lo quiero recordar yo y así quiero pensarlo. Gloria dormía en casa de los Beira, ese nuestro hogar en Compostela, y yo, en el Hospital. Cuando Eugenia estaba mejor, fui de inmediato a Vilatuxe para traer a la más nueva, Camila... quién... no quería ir. ¡Ella adoraba estar con sus recién conocidos tíos! Tuve que dejarla en su santa libertad, lo que era menos un peso para nosotros. No sabía lo famosos que éramos, pero, como siempre se dice, los amigos se conocen en la cárcel y en las deudas, agrego, y también en la enfermedad. Fue lo que pasó con nosotros, era un desfile de gallegos de Compostela y de Vilatuxe, para saber cómo estaban Eugenia y sus papás. Hasta dinero nos querían ofrecer... Especialmente nuestra amiga monja, Carmen Cervera, esa monja madrileña que, como relato en otro libro mío, me dijo que había dejado su Convento sin monjas, porque había hablado allí sobre nuestro internacional movimiento de Cristianos para el Socialismo. Agradecí el dinero, pero no lo acepté, antes pedí que, como era una persona creyente y de fe, que fuera a orar por nuestra hija, por causa de las posibles secuelas de la enfermedad [83].

Eran las consecuencias lo que más temíamos. Un problema es curar la enfermedad, el otro, lo que pueda suceder después. Esa era nuestra mayor preocupación. En esos días, lo más importante era mejorar a nuestra hija y no pensábamos mucho en el futuro. Más bien, no había tiempo para pensar: con una hija siempre a dormir, tres días sin conciencia, a tentar adivinar lo que decía, oír sus pesadillas, sus gritos día y noche, o por causa de la fiebre, o por causa de los dolores que causa la inflamación de las meninges, ese delicado tejido que envuelve el cerebro y la médula espinal. El problema nuestro era si hubiese o no consecuencias poco simpáticas. Los mayores problemas que causan una enfermedad, no son sólo las consecuencias directas de la enfermedad, pero sí los bien intencionados comentarios que acaban por meter miedo a quien tiene un brote de pasión, con esa dolencia. Los comentarios y los sentimientos de alerta ofrecidos gratuitamente por personas amigas, son, normalmente, la peor parte social de toda enfermedad. Nunca faltan las personas comedidas que nos dan consejos y no saben callar su boca. Desde que he sido padre de hijas que han tenido enfermedades causadas por virus o bacterias, he aprendido a visitar sin preguntar nada y esperar que las personas acongojadas hablen primero y, nosotros, callar lo más posible, hasta el punto de la descortesía. Quién tiene un vástago con una enfermedad grave, lo que menos desea oír son consejos de cómo tratar a la persona doliente. Para eso existen médicos.

Nosotros, en La Rosaleda, teníamos los mejores. Pero en la aldea, mal aparecí yo, fui abordado por los vecinos que, prácticamente, me daban palabras de pésame, como si nuestra hija hubiera muerto. Por ser enfermedad endémica de la población, era, la famosa meningitis, una enfermedad social. Las personas tienen miedo de estar con nosotros, piensan que estamos contagiados y podemos transmitir la enfermedad.
Fue en esos días que aprendí que toda enfermedad puede tener dos aspectos: el biológico, y el social. El primero, es tratado por otros en el lugar que corresponde, en el hospital, sea la Clínica Miraflores en Viña del Mar, Chile, el ya referido de Edimburgo, en La Rosaleda en Compostela, Galicia, o Adenbrooks, en Cambridge, Reino Unido. Las personas saben, las personas pretenden saber los secretos de la de las dolencias. Nunca me olvido como Elida de Varela, llamada la bruja, vino a recitar plegarias e sahumerios cuando Eugenia estaba aún en casa, sin hablar y con mucha fiebre. Tenía toda la fe que recitar un Padrenuestro de atrás para adelante, o al revés, curaba no solo a las personas bien como a los animales. Cuando nuestro amigo y vecino Eduardo Fernández y Encarnación Ramos, su mujer, estaban a perder una causa de parto, la última persona a la que recurrieron, fue al veterinario, normalmente gratis, quien pagaba era la Empresa Nestlé, para quien ellos trabajaban en sus tierras y con sus vacas. Si para nosotros la enfermedad de Eugenia era un problema afectivo, Para Eduardo y Encarnación una vaca a morir era un problema de sobre vivencia: menos una vaca, y no podían vender todos los días los litros necesarios para mantener su trabajo en marcha, más una vaca, y no la podían mantener. Tenían lo que he llamado lo justo para su sobre vivencia como labradores Los "bichitos", como mi amigo Eduardo los llamaba, "los bichitos, Don Raúl, necesitan comidas especiales y sin esa comida, no dan leche. ¡Los bichitos son caros, Don Raúl... ! "[84]. Fue por eso que mandó llamar a Elida, él era católico romano y se ufanaba de serlo, pero tenía las formas de ser de lo que denomino en otros textos míos, ya citados en éste, la mente cultural. Elida trató con el Padrenuestro al contrario, y como la vaca no paría, al día siguiente estábamos ahí todos otra vez para rezar las letanías de San Antonio. Porque la falta de esa vaca causaba un problema financiero para ellos. Y del problema financiero, pasaba al problema emocional. Eduardo y Encarnación amaban a sus vacas, vivían de ellas, pero también vivían para ellas. Las sacaban a pastar en el fresco de la tarde, para limpiar las cortes de las vacas. Este trabajo de producir leche, les tomaba todo el día y todo el año. Para nuestros vecinos de Vilatuxe, los animales y los niños eran iguales, los trataban con el mismo cariño, aunque siempre observé que era más el cariño a las dadoras de leche, que el cariño a los niños. Es natural, los niños aparecían y era una mala inversión, las vacas eran compradas con el crédito que daba la empresa que era, para decirlo así, la propietaria de hecho de los animales y de la tierra.

No me fue, extraño, en consecuencia, que Elida, sin ser llamada, apareciera en nuestra casa para "desembrujar" a Eugenia y curarla. Lo que ella hacía era tan convincente, entraba en trance y pedía para que el dolor y la enfermedad pasaran para ella y que la niña, como la vaca enferma, sanaran. Dirán que comparar una hija con un animal es una tontería, yo diría que no, la naturaleza es todo y una misma cosa, seres humanos y animales se confunden, unos dependen de los otros. El problema era que Eugenia no era "útil", porque su padre no tenía vacas para cuidar, donde Eugenia, si mejoraba, fuera necesaria. La forma de cuidar a la infancia estaba enredada con la forma de tomar cuenta de los animales. Estaba todo unido, era una forma recíproca de comportamiento: los "bichitos" daban el dinero para alimentar a la familia, la familia, por su parte, cuidaba de los animales de los que dependían para comer y vestirse. ¿Que todo era una ilusión? En cierto modo, o de cierta manera. Porque ellos pagaban impuestos por las tierras y los animales productivos, pero quien administraba todo era la empresa suiza que les compraba, o no, dependía de la oferta y la demanda, esa famosa ley definida por el referido Adam Smith, que apenas la constató y retiró de la actividad comercial de la realidad británica y de otros países con influencia en el comercio de ultramar.

¿Es ésta la meningitis de Eugenia? Era parte. Las vacas, como en la India, eran sagradas, los niños un poco menos. Las vacas criaban bacterias y virus que los niños, y a veces, los adultos, contraían como enfermedad. Pero, como eran animales mimados y el pan de la casa, las vacas eran más importantes que Los seres humanos dependían de ellas. Nunca olvido el día en que con mi viejo amigo Eladio Fernández Ferradás, a quién yo había ayudado a tramitar su jubilación y me quiso pagar muchas pesetas por el trabajo hecho a máquina por mí y que no acepté, ese mi amigo y yo, estábamos a conversar. Pero, como con cualquier vecino mío, la conversación iba siempre para las vacas. Ese día de 1975, estábamos a pastorear un vaca, amarrada por una cuerda al pescuezo para que no comiera donde no debía. Lo que no debía, era comer en la hierba de la finca, o belga en portugués, por pertenecer a otros vecinos, derecho muy respetada entre los gallegos que tanto habían sufrido para ser propietarios desde el Siglo XIX en adelante. Pero, como estábamos a conversar, nos distraíamos y la vaca iba a comer en la finca de otro, lo que no era permitido, era un robo castigado con falta de reciprocidad en los trabajos. La devoción no es solo porque el animal da dinero, lo que a Eladio no le faltaba, es también porque la vaca, como después entendí, es el símbolo de la paz entre los gallegos.[85]. La devoción a las vacas es tan grande, que me impedía obtener todo lo que yo quería saber para saber de la historia de la aldea, de la memoria viva más vieja de la Parroquia, que entre él y su mujer Margarita Dobarro, componían. Eran mis mejores informantes, especialmente a las horas de almuerzo, esos almuerzos de los Domingos, donde los cuatro Iturra íbamos a la casa más pequeña de la aldea, en el lugar da La Carretera, donde vivíamos. Casa pequeña para albergar a tanta gente: Eladio, Margarita, su hijo Luis y la mujer de él, María de la Fé y los, en ese tiempo, cuatro hijos de ellos. Esa Margarita Dobarro Silva, que venía de la aldea vecina de La Varela, donde su hermano mayor, Serafín, había heredado la mayor parte de la tierra con todos los "bichitos", un Serafín que era uno de los mejores productores de leche del sitio. Ese tipo de herencia que Margarita, aún lúcida, aborrecía y hablaba mal del sistema, al decir que eran todos iguales, todos hermanos, todos hijos del mismo padre y madre, en fin, todos iguales, deberían heredar también de forma igual, pero por le ley de costumbre cultural del patruciado, ya explicada antes, toda la tierra y todos los bichitos, habiendo heredado ella apenas un cuarto de hectárea de tierra, lo que ella no perdonaba de tal manera, que amable y dulce como era, no se hablaba con su hermano. Conversación que estaba siempre, hasta en nuestros almuerzos de los Domingos, casi todas las semanas. Todo el mundo sabía que Margarita, en su casi setenta años, era una especial hospede, mientras más gente dentro de su casa pequeña, más feliz ella quedaba. Conseguía llevarla al tema de las familias de la Parroquia, pero, apenas tocábamos el tema de quién había adquirido tierra y cuánto y cómo, ella sabía muy bien quien era patrucio y quién había emigrado para comprar. Y, Serafín, su hermano, salía otra vez al baile de las familias, como si fuera su obsesión... No podía olvidar ni perdonar a su familia. Todo lo que yo quería obtener era información sobre historias de vida, sobre las familias, y no podía: o era siempre interrumpido por las quejas de Margarita, o por la preocupación de Eladio de pastorear su única vaca. Es necesario decir que las mujeres, excepto nuestra vecina, Maria de las Nieves Arca Taboada, por ser la mayor propietaria de tierras en la Parroquia, tienen un papel muy secundario entre la población. La Ley del Patruciado, ya definida por mí en este texto, como en otros libros, definía quién sería cabeza de familia, especialmente por corresponder a él o ella, heredar la mayor parte de los bienes. Era su deber administrar la llamada compañía familiar gallega, para que a nadie le faltara nada, para que ninguno de ellos quedara pobre o mal parado. Compañía familiar, es una empresa, ya definida por mí en este texto y en otros citados[86]. Eladio no sólo cuidaba de que no comiera dela la hierba del vecino, bien como decía que no tenía necesidad de vacas, pero el problema era lo qué podía hacer sin una vaca en casa, porque estos "bichitos", como Eduardo Fernández y otros decían, todo les daban el apodo de "bichito", un nombre cariñoso, esos bichitos, decía Eladio, solo traen paz a la casa.
O ciertas intranquilidades. Todo era administrado por la denominada Compañía Familiar Gallega, formas de trabajo muy antiguas pero redefinidas recientemente[87], por lo que, como digo al pié de página, la lucha de Margarita era casi imposible, especialmente en una sociedad de vínculos masculinos, donde la persona cabeza de familia es, generalmente, un hombre, denominado El Cabezoleiro.

Así fue como, poco a poco, me fui enterando de costumbres por mí antes desconocidas, bien como por varios de mis colegas de la Universidad de Compostela, que precisaban de agua, de mucho agua, para poder engullir el bolo de la realidad que les presentaba, de su sociedad y que nuestras hijas sabían de memoria, tanto había entrado en ellas las formas de ser de la cultura gallega.

Vamos a ver lo que eso valió para su crecimiento. Comenzamos a usar agua en Escocia y continuamos en... Vilatuxe o Villa del Tojo, esos arbusto que, junto con el llamado de Giesta[88], que tiene flor amarilla, son enterrados durante un año, con bosta de vaca, para podrecer, usando el resultado como abono natural para la tierra que se va a cultivar. Pero hay también el arbusto Xesta[89], más usado para el cultivo de la tierra, porque no es venenoso como la Gesta.
Es de estas formas y maneras que fuimos aprendiendo a vivir entre extraños, que, al final, eran todos nuestra familia. No era solo amistad, era cariño de cada generación a la suya. Es así como Eugenia y Camila, con su prima Alejandra, crecieron juntas y, hasta el día de hoy, son como hermanas.
Fue así también como adquirí muchos discípulos de Galicia, los mejores doctores de hoy, ya catedráticos varios de ellos, y que aprendí ese derecho a la igualdad reclamado por Babeuf en el Siglo XVIII. Los habitantes de Vilatuxe y los de Escocia eran muy clanicos. Nosotros, pasamos, hasta el día de hoy, a ser parte de ese clan, con los mejores amigos del alma. Nunca más fuimos extraños. Somos... familia.


publicado por Carlos Loures às 15:00
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